Una fiera en el armario

Una fiera en el armario

Raquel Fernández

Sofisticado, hortera, kitsch y lujoso. El estampado animal es todas esas cosas a la vez y, probablemente por eso, una debilidad para las mujeres.

En el mundo de las prendas rentables hay tres reyes: el denim, los vestidos negros y cualquier cosa que venga en estampado de leopardo. Es decir, dos clásicos muy básicos y una serie de manchas con las que no conseguirías pasar desapercibida ni en plena sabana. Para demostrarlo solo hace falta referenciar la recurrencia de su presencia en las colecciones de firmas de lujo y otras más asequibles, que esta temporada viene acompañado, además, de una jungla de cebras (Dolce&Gabbana), tigres (Balmain) e in- cluso alguna vaca (Dsquared2). Pero si bien el león es el rey de la selva, el leopardo es sin duda el de los estampados. ¿Por qué algo en principio tan complicado acaba siendo un éxito comercial una y otra vez?

“En lo que a mí respecta, el leopardo es neutral”, Jenna Lyons


Antes de asumir que la afirmación de la ex CEO de J.Crew es desproporcionada, párate a pensar en las mujeres que has visto luciéndolo. Te costará reducirlas a un tipo porque, en este caso, poco importa ocho que ochenta: desde la tierna infancia hasta la plena madurez, todas son candidatas a sucumbir a sus encantos. ¿Pero es o no es un básico? Como las grandes incógnitas de la vida la respuesta no es ni sí ni no, porque mientras un básico podría caracterizarse por no llamar en exceso la atención (una camisa blanca, un pantalón negro, un jersey de cashmere marengo), es complicado jugar a la discreción con un abrigo de leopardo. Los tonos neutros resuelven cualquier situación sea cual sea tu estado de ánimo, pero nadie (repito, nadie) se pone una prenda de leopardo si lo que espera es tener un día del montón.

“Nunca he conocido un estampado de leopardo que no me gustase”, Diana Vreeland


Te lo creas o no, la psicología ha llegado a la conclusión de que consideramos atractivo cualquier estampado animal porque, en el fondo de nuestra mente, nos produce cierta sensación de miedo. Y resulta que el miedo nos excita. Sí, es una cuestión tan primitiva como que algunos cuenten todavía con el dudoso servicio de las muelas del juicio o el hecho de que esa inconsciente reacción les pase solo a los hombres. Por suerte, la evolución sí nos ha llevado a superar la idea de que nos vestimos para ellos. Entonces, ¿por qué nos gusta tanto?

Aquí cada una puede presentar sus razones, pero todas coincidirían en un punto, que fue el motivo por el que empezó a aplicarse a vestimenta y decoración en un primer momento. Por la misma por la que las egipcias pintaban manchas en su ropa de cama, por la que los líderes africanos se hacían prendas con la piel de los animales que cazaban o por la que Napoleón y sus soldados adornaban con ella sus cascos y los puños de sus espadas: viene cargada de altas dosis de confianza. Del tipo de confianza que te hace caminar más segura, casi desafiante. De esa que te hace más fuerte a la hora de plantarte ante tu adversario.

“Ante la duda, ¡leopardo!”, Khloe Kardashian

No solo lo piensa una sexta parte de ese mediático clan, lo han pensado las grandes divas de Hollywood y las estrellas de la actualidad, lo pensó Christian Dior en 1947 y el personaje de Fran Drescher en The Nanny (1993-1999). Y aunque toparse en el mismo saco con el padre del new look y la niñera que más ceñida y ligera de ropa ha aparecido en televisión puede resultar chocante, el leopardo es lo que tiene: que pasa de ser sofisticado a hortera en un abrir y cerrar de ojos, y que en cualquiera de los dos casos es igual de válido. Para muestra, las colecciones de este otoño de Michael Kors, que se lo toma como Anne Bancroft en El Graduado (1967); de Veronica Etro, que se deja llevar por la inagotable bohemia de los 70 y de Dolce & Gabbana que lo lleva a la calle, como no podía ser de otra manera, a la italiana.

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