Vivienne Westwood, su pasado y su presente de viva voz

Vivienne Westwood, su pasado y su presente de viva voz

REDACCIÓN

Madre del punk, dama británica anárquica, activista imparable, diseñadora histórica. Con 76 años, Vivienne Westwood revisa su vida, sus años con Malcolm McLaren, los Sex Pistols, Seditionaries, World’s End, la colección Mini Crini, Andreas Kronthaler… Su pasado y su presente de viva voz.

Recuerdo de esos tiempos (su infancia) un vestido que me hizo mi madre para la escuela. Creo que me quedaba bien pero, como el peto de Fair Isle, no estoy segura de que me gustara. Era marrón, con un pequeño cuello color turquesa y blanco. Era muy simple, un vestido de huérfana, de lana marrón. No me gustaba, nunca llegaba a tener esos vestidos que quería, los que parecían de princesa. […] Mi madre era muy particular sobre qué ropa podía llevar, ella la hacía toda.

No era una rebelde, pero era un gran momento para ser adolescente (Londres a finales de los cincuenta) porque el look iba todo de la rebelión frente a la edad. Todo esto, más tarde, sedujo a Malcolm (McLaren). Yo tenía cierta diablura y en ese sentido era perfecta para el rock & roll.

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Conocí a Malcolm primero como amigo de Gordon, mi hermano menor. Era 1965. Mi único ingreso venía de hacer joyas y venderlas en Portobello Road y estaba viviendo de nuevo con mi madre. Así manejaba todo. Malcolm iba y venía con Gordon al piso que estaba sobre la oficina de correos. Venía y me ayudaba unas dos o tres horas cada vez y me impresionaban sus diseños. Eran muy mod. Pensé de inmediato que era muy bueno. Lo conocí porque venía cuando mi madre estaba abajo en la oficina –a ella nunca le gustó– o, lo que me sorprendía, cuando Gordon estaba en clase […] y así conocí poco a poco a Malcolm.

Malcolm me persiguió. Yo no le quería. No quería ser su novia. Me caía muy bien: era vital, sorprendente, estaba informado y era muy divertido pasar tiempo con él… y me daba un poco de lástima. No se cuidaba. Intenté cocinar para él y cosas así. Y así comenzó. En una ocasión estaba enfermo y Malcolm no tenía cama. Su habitación estaba completamente vacía salvo por un colchón y hasta eso lo utilizó para un proyecto artístico. […] Le hice quedarse en mi cama una tarde para que se le pasara una fiebre y se quedó unos días. Así fue como terminamos teniendo sexo.

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Punk, el punk era todo para mí y para Malcolm. No hablo tanto ahora de eso como la gente supone que debería hacer, pero no es porque me sienta avergonzada o piense que ya está pasado. Estoy más interesada en lo que hago ahora pero necesito explicar algo: lo que hago ahora sigue siendo punk. Se trata de gritar sobre la injusticia y hacer pensar a la gente, incluso si es incómodo. Siempre seré punk en ese sentido.

La secuencia de la ropa fue simple. Primero Malcolm le compró unas chaquetas Teddy Bear al sastre Sid Green y yo las customicé con diferentes cuellos de terciopelo. Luego Patrick Casey cosió un cierre en una chaqueta vintage con alas de murciélago y una raya y yo hice una copia. […] Diría que comenzó en 1971.

Habíamos invertido en estas camisetas pero no se vendieron. Fue un desastre. Y como no se vendieron comenzamos a experimentar con ellas. Hicimos agujeros, las remarcamos. Lo primero que hice fue convertir algunas en bragas. No vendimos muchas, así que les pusimos púas. Se vendieron. Las bragas eran negras con una imagen en blanco que decía “Let it Rock” y una foto de Little Richard delante o detrás.

Mi trabajo en ese momento y mi trabajo ahora es confrontar al Establishment y encontrar dónde reside la libertad y qué puedes hacer: la forma más obvia en que he hecho eso es con mis camisetas.

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Mi mejor look en ese tiempo, que también se vendía en la tienda, era una pequeña falda de caucho ajustada en el culo y con una banda en la cintura, podría haber sido couture de lo bien que estaba hecha. Podría haber sido Chanel, pero en caucho. Y mi out t favorito era esa falda con una camiseta turquesa con texto –una de las que había hecho con palos de bambú como muchas de las de Seditionaries– en color violeta con alguna cita porno y cortada horizontalemente sobre los senos y además zapatos de vestir con hebillas y medias azul pálido. Esa era yo.

Tal vez el punk vino, en parte de Nueva York, pero el look punk evolucionó en nuestra tienda del 430 de Kings Road. Malcolm y yo cambiábamos el nombre y la decoración de la tienda para que se adecuara a la evolución de nuestras ideas. Pero el punk no significaba nada más que eso al principio. No me veía como una diseñadora sino como alguien que quería confrontar el podrido status quo con su estilo y con cómo vestía a otros.

Johnny Rotten me amorató un ojo. Pasó así. Era la noche de San Valentín de 1976. Había una fiesta en el loft de Andrew Logan en Buttler’s Wharf. Él conocía a mucha gente trendy. Nos invitó y Malcolm llamó a su agenda entera y los invitó a todos –supongo que era una estrategia publicitaria para los Sex Pistols–. Había demasiada gente, no se podía entrar. Derek Jarman estaba ahí con Duggie Fileds and the Costiff, Michael y Gerlinde. Se iba a celebrar el “Primer Miss Mundo” –en parte gay, en parte travesti– pero no solo eso. Andrew Logan estaba vestido mitad de mujer y mitad de hombre, su novia Luciana Martínez llevaba los pechos al aire y Michael Costiff estaba pintado de azul, como un dios Inca. Para el apartado de baño, Derek Jarman no tenía bañador, así que caminó por el borde la piscina y se dejó caer. Fue una muy buena fiesta. Y recibí un mensaje de que Johnny Rotten no podía entrar. Me acerqué a la puerta y Johnny estaba tan molesto que me metió un puñetazo en la cara. Todos me tuvieron que contener, estaba muy borracha e iba a golpearlo. Nunca entró a la fiesta.

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Fui parte fundamental para que Sid estuviese en los Sex Pistols. Fui yo. Fue muy ingenuo de mi parte. Era un adicto. Y si hubiese sabido cómo era ser un yonqui y cómo es estar cerca de un yonqui jamás habría insistido en que estuviese en la banda. La gente dice que fue Nancy (Spungen) la que lo inició en la heroína, pero no fue así. Él decía que su madre le había dado su primer chute cuando tenía 14 años. Era un yonqui. Esa es la razón por la que estaba en la tienda con pantalones rotos remendados con imperdibles.

Sid mató a Nancy. Se lo confesó a Malcolm y él me lo dijo a mí. La apuñaló. Estaba completamente ido y cuando volvió en sí ella estaba muerta. Malcolm decía que se habría librado, pero claro, estaba muerto antes de que todo se descubriera en el juicio.

Me hicieron Dama del Imperio Británico por haber creado el punk. Y habría pensado: es suficiente con eso, he hecho más bien que Margaret Thatcher. Pero no cambió mi vida, o no sentí que lo hiciera en ese tiempo. Se sentía como algo natural.

No fui una buena madre. Pensé que lo mejor que podía hacer por mis hijos era tener las ideas que tengo, lo que sé, lo que aprendí, así que no me concentré en la vida familiar. No hacía lo que hacían otras madres. Descuidé a mis hijos para hacer ciertas cosas que significaban que no podía estar allí para ellos. Para hacer moda, porque en ese tiempo la moda era una cruzada.

Cuando los Sex Pistols se terminaron cerramos la tienda (Seditionaries). Se acabó el contrato del alquiler y tenía que decidir si seguir. Le dije a Malcolm: o te ayudo en la música o me ayudas en la moda. “Moda, siempre”, dijo. “Será romántico”. […] Cuando nos preguntaban qué haríamos les decía que algo romántico y comenzaron a llamarse Nuevos Románticos a sí mismos.

Empecé a trabajar en la colección Pirata y lancé una colección como debe ser en Fall/Winter 1981 y utilicé un patrón que llevaba siglos sin usarse. Si hubiera hecho lo que quería habría ido al Victoria & Albert con una cinta de medir, pero encontré el libro de Norah Waugh, “The Cut of Men’s Clothes”.

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En 1982-83 estaba sola. […] Diseñaba sola y era la dueña de la compañía yo sola y era muy, muy duro producir y, en general, todo. Fui muy pobre. Estaba sola y aunque la prensa estaba enloqueciendo con lo que hacíamos –la colección Mini Crini y Harris Tweed– fueron unos años muy malos.

Una vez tuve una discusión con mi nieta Dora. Estábamos en el British Museum y ella vino vestida con algo, digamos, cómodo. Acabamos por tener una discusión –fue valiente por su parte discutir conmigo– y traté de explicarle que la comodidad viene de dejar la impresión que quieres dejar.

Mi trabajo tiene sus raíces en la sastrería británica y en el pasado. Cuando miras al pasado ves estándares de excelencia, el buen gusto en cómo las cosas están pensadas y combinadas. Intentando copiar técnica, construyes la tuya propia.

No soy ortodoxa. No me satisface hacer las cosas como todo el mundo. Nunca ha sido así. Estoy orgullosa de ser excéntrica, orgullosa porque es una era de conformidad y soy vulnerable y tímida –hasta que estoy frente a la gente–. Estoy bien con no tener sexo nunca más, puedo vivir sin él. Dicen que el arte y la creatividad son sublimaciones y tal vez eso me satisface.

No creo que Margaret Thatcher haya usado nunca mi ropa. Pero dijo que se sentía orgullosa de que fuese británica. Hmmm.

Artículo publicado originalmente en el número 7 de L’Officiel España
TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO VIVIENNE WESTWOOD, DE VIVIENNE WESTWOOD E IAN KELLY. EDITORIAL PICADOR

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