Marta Seco, a los mandos de los templos culinarios de Madrid

Marta Seco, a los mandos de los templos culinarios de Madrid

BELÉN KAYSER / FOTOGRAFÍA JACOBO MEDRANO

De formación económica, fundó junto a su marido los templos culinarios más solicitados de Madrid. El Paraguas, Ultramarinos Quintín, Ten con Ten y Amazónico fusionan estética y gastronomía de altura.

Marta Seco, natural de Oviedo, se siente en casa en la escuela de cocina donde nos recibe. Y se nota que tiene mucho de ella; empezando por las plantas que invaden sus dominios a capricho de la asturiana. Se sincera hablando de su vida, de su maternidad, de sus estudios de pintura, piano, económicas y su viaje a Calcuta. Pero cuando habla de los restaurantes que comparte con su socio y marido, el cocinero Sandro Silva, prefiere quedarse en un segundo plano. El Paraguas, Ten con Ten, Ultramarinos Quintín y Amazónico atraen a la or y nata de la capital en el barrio de Salamanca. Gente guapa a la que Marta tiene la misión de hacer sentir como en casa.

¿Qué hace la hija de un médico montando tres restaurantes?

Bueno, la cocina no me es ajena del todo porque llevaba desde los 15 con Sandro. No vivo de lo que estudié ni estudié lo que quería. Hice Económicas, pero quería ser médico. Y cuando acabé, me fui al extranjero a ser controladora aérea. Siempre he sido miedosa y práctica, que es algo que he aprendido a llevar mejor mientras crecía, cambiando mucho los planes.

España, Reino Unido… ¿Cuál es el secreto de sobrellevar una relación a distancia antes de la era digital?

Bueno… evitando conflictos. No estuvimos todo el tiempo juntos, pero aunque él estaba en Marbella y yo en Asturias, Escocia, Londres o Madrid es verdad que siempre volvíamos, como el que vuelve a casa. Al final acabamos los dos instalados en Madrid y montamos nuestro primer restauran- te en 2004.

“A nuestros restaurantes llegan personas contentas, otras heridas y enfadadas. Hay que saber darle la vuelta a su estado de ánimo”

Si es usted tan miedosa, entiendo que le daría cierto miedo abrir El Paraguas…

¡Uy, sí, nos dijeron que si estaba gafado! La idea era hacer algo pequeño, no exacta- mente una casa de comidas, porque quisimos que estuviera muy cuidado, pero ese concepto… Tuvimos suerte y abrimos los otros dos, Ten con Ten y Amazónico, con su club de jazz en la planta de abajo. Me encanta la música en directo, era un sueño.

¿Se le dan bien las artes?

Empecé a pintar con 7 años y con 12 me pasé al óleo. Entretanto, aprendí piano en el conservatorio. Ya no toco, aunque en casa tenemos un piano y me gustaría que mis hijos lo aprendieran a tocar pero con una técnica distinta a la que yo estudié. Quiero que lo vivan como algo orgánico. Para mí fue un sacrificio.

¿Ser miedosa le ha llevado lejos?

Me ha llevado a dar pasos importantes. Uno de los primeros, irme al extranjero y romper con Económicas. Otro, irme a Kali- tala (Calcuta), que también está lejos. Aquello respondía a una necesidad que venía de cuando quería trabajar en Médicos Sin Fronteras. Ese viaje fue una revelación, ¡cómo nos complicamos la vida, siempre dudando! Y me ayudó a conocer mejor a las personas.

¿Y toda esa empatía le ayuda a ser mejor relaciones públicas y maître?

Sin duda. Soy una buena observadora; conectamos bien con el público porque para mí el trabajo consiste en ser como una buena anfitriona en su casa. Allí llegan personas contentas; otras, heridas y enfadadas, y hay que saber darle la vuelta a su estado de ánimo.

Pasan por sus mesas personajes de lo más variado, exótico e ilustre… Vaya sobremesas, ¿no?

Todo el mundo tiene historias emocionantes. Siempre me ha encantado hablar de la vida y de los sentimientos y a veces se tienen conversaciones muy intensas. Hay veces que ves venir choques ideológicos, pero la clave es pensar que no hay verdades absolutas.

Usted se ocupa de la atmósfera emocional, hablando con su clientela, pero también a través de la decoración…

Lo estético me importa. Es fundamental pensar cómo se relaciona la gente en los espacios y cómo son. Importa la luz, que aporta calidez, y las plantas, que haya algo vivo. Y la música, que lleva tiempo… Porque sabes que quieres algo muy concreto, un hilo musical que sea una mezcla entre bossa nova y música francesa. No te creas que es fácil de encontrar.

¿Qué hace cuando ni es maître ni es madre?

Necesito mucho a mis amigas. Y también me escapo con Sandro, para separar los momentos madre, pareja, socia. Siempre digo que las mujeres hacemos malabarismos. Hay que asumir que no somos perfectas y permitirnos no serlo. También ser muy consciente de que la vida se te va, que hay que esforzarse por vivirlo todo. Es mi reto.

¿Quién cocina en casa?

Bueno, esa es una gran pregunta. ¿Tú sabes lo que yo les preparo a mis hijos los do- mingos? Pues abro una lata de sardinas, de maíz, unos quesitos… Sandro me dice que no tengo vergüenza, pero ese es mi menú.

¿Por qué se empeña en quedarse en un segundo plano?

Me gusta ese papel del segundo plano. Estoy muy orgullosa de ser mujer y de poner ese plano afectivo delante, porque es el que nos condiciona. Es cierto que siempre tuve claro querer ser una mujer independiente, pero al unirme con Sandro, su sueño se convirtió en el mío propio.

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