(Des)Vestirse para la isla

(Des)Vestirse para la isla

RAQUEL FERNÁNDEZ

De todos los lugares del mundo (y para bien o para mal) Ibiza es el que más influye a sus visitantes a la hora de enfrentarse a su armario.

Los 571,6 metros cuadrados de la isla con más leyenda de Baleares no solo son capaces de cambiar el estado de ánimo de quienes los recorren, sino también de transformar su forma de vestir. Porque puede que a la hora de viajar a Miami te dé menos reparo multiplicar la paleta de color de tu equipaje o que si el lugar elegido es Kenia acabe pareciendo parte del guardarropa de la protagonista de Memorias de África, pero nadie se viste para un destino como la gente se viste para Ibiza. Y esto, claro, tiene su lado bueno y su lado malo.

No es momento de ponerse místico, pero su estética está íntimamente relacionada con la parte espiritual. El ambiente mágico, cuya única evidencia científica se manifiesta con el hecho de que Es Vedrà es el tercer punto más magnético del planeta, da pie a adoptar una actitud relajada y hedonista, y ni todos los after hours con atronadora música electrónica han logrado acabar con ella.

(Des)Vestirse para la isla

El cine siempre ha sido una gran herramienta para comunicar cuestiones de moda, y los 117 minutos que dura More (1969) son el mejor ejemplo de esa Ibiza que, de alguna manera, todos tenemos idealizada. Estelle, el personaje interpretado por Mimsy Farmer, fue una perfecta víctima de la isla. Minivestidos para la noche y túnicas durante el día, aquel bikini de estampado geométrico con falda a juego, las prendas de abrigo de piel vuelta o el top y el chaleco bordados que parecían recién llegados de la India. si no hemos mencionado sus zapatos es porque no los llevaba. En resumen, su maleta estaba hecha para el disfrute, aunque la historia acabase en tragedia ibicenca.

Otro gran recurso para entender la idea es Paula’s Ibiza, la tienda en la que se celebraban las mejores fiestas de los 70 y 80 que tenía, claro, el derecho de admisión restringido. No todo el mundo podía disfrutar de su atmósfera y el corte, sin duda, pasaba por el look. El negocio cobró vida por casualidad cuando Armin Heinemann y su socio Stuart Rudnick encontraron una carta que explicaba el patronaje de unas blusas que realizaron con telas de Valencia y una escurridiza modista de santa Gertrudis. La tienda, como las mejores cosas de la isla, surgió de manera improvisada, y hoy sus prendas y sus guateques forman parte de su historia.

Esa idea de la vida bohemia está en el origen de la llamada moda ad lib, surgida a finales de los 70 y que invita a hacer lo que plazca. En su origen se trataba de mezclar los trajes regionales pitiusos con ropa hippie, y aunque muchos se la siguen tomando en serio (tanto como para contar con su propia fashion week) a lo largo de los años y de las distintas ediciones de la esta Flower Power ha acabado perdiendo parte de su encanto. El evento ha terminado convertido en algo parecido a Coachella, pero desde aquí te garantizamos que, más allá del dress code de sus asistentes, sigue siendo un ejercicio de nostalgia divertido.

Nos guste más o menos, el merchandising de las discotecas también es Ibiza, a pesar de que implique el avistamiento de turistas que lucen shorts con las cerezas de Pachá en todo lo ancho de sus traseros. También camisetas de Space y mochilas de Ants. Solo hay que dedicar 10 minutos a recorrer Sant Antoni de Portmany en temporada alta para darse cuenta.

Ibiza es olvidarse del sujetador, hacer topless y practicar nudismo. Ibiza, por si todavía no te has dado cuenta, es estar cómoda en tu propia piel. Así que la próxima vez que vayas acuérdate de no complicarte la existencia con el equipaje.

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