Hasta la vista, la historia de unas gafas

Hasta la vista, la historia de unas gafas

RAQUEL FERNÁNDEZ / Shooping MARÍA G. AGUADO

Cualquier historia de unas gafas empieza por no ver las cosas precisamente claras. Te contamos una y elegimos 10 gafas con las que sí querrás ir a todas partes.

Descubrí que lo que consideraba una “visión normal” no lo era cuando tenía doce años en una revisión médica. “Dime la primera letra de la segunda línea”. Silencio. “¿Puedes ver la primera letra de la segunda línea?”. De nuevo, silencio. No respondí ni que sí ni que no porque lo que no conseguía entender era por qué estaban tan sorprendidos de que en esa diminuta figura borrosa no pudiera distinguir una letra. Era considerablemente miope y me llevé un chasco al pensar que había pasado quién sabe cuánto tiempo de mi vida sin ver un burro a tres pasos. O a dos dioptrías para ser precisos. ¿Qué me había perdido? Sobra decir que lo último que me apetecía al principio de mi adolescencia era añadir un par de gafas a mi cara. Hasta que me las puse. Y no fue la capacidad de ver lo que antes no veía lo que me enganchó a ellas, si no la sensación de que nunca había visto las cosas más claras y nítidas.

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Supongo que lo mismo debió de sentir la primera persona en atisbar lo que la curvatura de un cristal podía hacer por sus problemas de visión, aunque es difícil ponerle nombre porque ni los historiadores tienen claro quién fue el inventor de las gafas. Sí pueden, en cambio, ubicar su origen en Italia. También el motivo: la lectura. Séneca leyó “todos los libros de Roma” con una esfera de cristal llena de agua. Pero para encontrar una versión rudimentaria de las gafas que conocemos hoy día hay que esperar hasta el siglo XIII, en la ciudad de Pisa, donde unos monjes crearon las suyas con cristal tallado.

Trescientos años más tarde comenzó a generalizarse su uso. Los cristales cóncavos, convexos y cilíndricos ponían remedio a los problemas de vista más comunes y aparecieron las primeras monturas. Pero las personas (sobre todo las mujeres) relegaban su uso al ámbito privado porque necesitar gafas, ya se sabe, en muchas ocasiones viene de la mano de la edad. Ese viejo hábito fue dejándose de lado con el avance en su producción, con el desarrollo de materiales y tecnologías. En los años 20 ya se elaboraban gafas en plata, oro o carey, dando los primeros pasos para convertirse en el accesorio que representan en la actualidad.

Hasta la vista, la historia de unas gafas

Pronto llegaron las tendencias. El modelo browline (con carey en la línea de las cejas y las patillas y parte de la lente al aire) y cateye en los 50, las redondas y las de pasta de los 60, las de dimensiones desproporcionadas en los 70, aquellas de formas inesperadas con las que era imposible pasar desapercibido en los 80 y después… Después, todas a la vez.

¿Quién le iba a decir a mi yo de doce años que alguien podría querer lucir unas gafas de vista sin necesitarlas? Ya no son solo un remedio a un problema, sino una forma de expresar (o de ocultar) nuestra personalidad. Dieciséis años y cuatro dioptrías más tarde, siguen constituyendo mi forma favorita de abrir los ojos.

Imaginamos que ahora quizá quieras sacarlas a la calle, o renovarlas, por eso hemos elegido 10 gafas de todos los tipos con el sello de Etnia Barcelona, sello español con acetatos de fabricación italiana, como en el principio de los tiempos.

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Gafas Torino CLGD de Etnia Barcelona

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