Ellos conocieron a Balenciaga (I)

Ellos conocieron a Balenciaga (I)

RAQUEL FERNÁNDEZ

En 1917, un joven de 22 años abría su primer taller de costura en San Sebastián. Para celebrar este centenario (que coincide con el 80 aniversario de la inauguración de su atelier en París) recuperamos las historias de Sonsoles Diez de Rivera, Miguel Elola y Maggi Eckardt o, en otras palabras, de una clienta y amiga, un aprendiz de modisto y una de sus modelos.

Sonsoles Diez de Rivera y su madre no sólo fueron sus clientas, también se convirtieron en parte de su familia. Hoy, sigue demostrando su cariño y admiración a Balenciaga a través de su labor en el museo que lleva su nombre.

“Yo debía de tener 10 años. Veraneábamos en una finca en Navacerrada, y un día aparecieron dos señores divinamente vestidos, aunque era raro que llevasen chaqueta y corbata en el campo. Pasaron la tarde charlando con mi madre pero a los niños, claro, no nos hacían caso. Teníamos una vida aparte con la inglesa o la alemana de turno. Años más tarde, asocié esa imagen con Balenciaga y su amigo Wladzio d’Attainville”. Sonsoles Diez de Rivera rememora su primer recuerdo de Cristóbal Balenciaga una mañana de febrero en el salón de su casa de Madrid. Hija de la marquesa de Llanzol (1914-1996), las dos fueron de las pocas que cruzaron esa barrera que separa a las clientas de las amigas con el creador de Guetaria y permanecieron cercanas a él hasta su muerte.

Después de aquella primera vez hubo muchas (“le veía más que a un tío carnal”), tantas como oportunidades de vestir sus diseños.  Además de su vestido de comunión, menciona con cariño un trajecito de piqué blanco con calcetines a juego que salió del taller que Balenciaga tenía en Madrid y que Felisa Irigoyen dirigió siempre con la seguridad de quien domina su trabajo. “También tuve un traje precioso amarillo canario con una sola costura delante y otra detrás y cuatro rosas cosidas en esa parte tan fea del brazo [señala a la zona que lo une al tronco]. Nadie ha tenido nunca -ni todas esas que ahora van desnudas- un traje que siente mejor que aquel”.

Si el lector se ha entregado alguna vez a la lectura de las biografías del modista, el testimonio de Diez de Rivera le revelará una faceta que ninguna de ellas contempla: su carácter lejos de los talleres. “Cristóbal era una persona tímida y los tímidos no atraen. Algunas personas le tacharon de antipático, pero antipáticas eran sus sobrinas. Él, no. Era muy celoso de su intimidad, cordial y encantador”. No solo eso, también era divertido. “La primera vez que fui a París debía de tener 14 años. Estábamos veraneando en San Sebastián y él estaba en su casa de Igueldo. Propuso ir a París en coche (todavía no sé por qué me añadieron a mí). En el camino hicimos todos los castillos del Loira, era sobre el año 55. Acabamos en un palacete muy bonito que Balenciaga tenía en el campo. Tres o cuatro días después llegamos a París. Mi madre estaba exultante, quería ir a todas partes y no había manera de acostarla. A esa edad no había trasnochado nunca, sigo sin hacerlo. Fuimos al Lido, a todos los cabarets. Yo estaba horrorizada de ver a todas aquellas señoras desnudas. En aquel momento no se movían, eran como estatuas, ahora creo que saltan y bailan. Además tenía la sensación de que todos los de la mesa me miraban para ver la reacción de la niña que venía de España. Yo ponía cara de póquer y volvía a casa espeluznada pensando qué iba a decirle a mi confesor y a las monjas al volver. A mi madre no había quien la metiese en casa, cerraba todo de madrugada y se empeñaba en ir a Pigalle a tomar sopas de cebolla. Y allá iba Balenciaga con ella, riéndose a carcajadas. Yo llevaba a Ramón Esparza de compañero, y acababa dormida sobre su hombro”.

La conclusión inevitable es que Balenciaga no era un tipo apagado, no con su gente de confianza. “Tenía su círculo de amigas, todas mayores. Estaba Carmel Snow, una americana que había dirigido Harper’s Bazaar y que bebía como un coladero Martini tras Martini. Era de esas señoras que tiene las uñas largas y curvadas pintadas de rojo, flaca y encorvada. Yo, que tenía unos 16 años, alucinaba: ¿cómo era posible que esa señora tan anciana estuviese borracha hasta el punto de que Ramón Esparza tenía que llevarla en brazos a la cama? Por otro lado estaba Marie Louise Bousquet, que tuvo uno de los últimos salones literarios de Francia, divertidísima y muy inteligente”. Mantuvo el contacto con Balenciaga hasta que falleció: “De casada le visitaba en verano en su casa de Igueldo, y en Madrid íbamos juntos al Prado y al Rastro, era un compañero encantador”. Con las cartas de personalidad sobre la mesa, regresemos a los talleres. 

Ellos conocieron a Balenciaga (I)

Tú no puedes ir con esa manga

“Era curiosísimo verle probar. Primero te ponían una toile, una especie de retor. Cuando él entraba se hacía un silencio sepulcral que se mantenía, porque él nunca decía nada. De repente, se sentaba en una silla con la tela sobre sus rodillas, empezaba a manipularla, se llenaba la boca de alfileres y con unas tijeras ¡zas, zas, zas! Miraba a mi madre e iba quitando y poniendo alfileres. Volvía a poner la toile sobre el cuerpo y quedaba impresionante”.

El silencio del atelier solo se rompía cuando Balenciaga pronunciaba su famoso grito de guerra: “¡La maaanga!”. Fue la parte del vestido que más le obsesionó durante toda su carrera. “Además te lo comunicaba, porque aunque ya he dejado de ir a los desfiles porque todo está mal (los bajos, las costuras…) toda mi vida me fijé en las mangas y en cómo iban unidas a la espalda”. Esa obsesión no se aplicaba solo a sus creaciones: “De repente te miraba con ese gesto que tenía que hacía que se le escurriesen las gafas y te echabas a temblar pensando ‘Dios santo, qué me va a decir o qué parte del vestido me va a arrancar’, porque se tiraba siempre sobre las mangas aunque llevases algo de El Corte Inglés: ‘Tú no puedes llevar esa manga’, me decía. Sacaba alfileres de no se sabe dónde y allí mismo te la rehacía”. Pero el genio de Cristóbal Balenciaga no tenía que ver solo con hilos y costuras, sino también con su ojo para los tejidos. “Cuando no había nadie me hacía pasar a la habitación donde trabajaban y me decía: ‘Mira esta tela’. Y se la echaba sobre el brazo para enseñarme la caída. “Las telas te hablan, te dicen cómo tienes que ponerla y cómo tienes que cortarla”.

“‘Cuando muera, se acabó Balenciaga’, dijo. No llegó a cumplirse su voluntad. La familia lo vendió absolutamente todo: el nombre, los archivos… Todo”

 

 

¿Se acabó Balenciaga?

En mayo de 1968, Cristóbal Balenciaga anunció su retirada y en julio, el cierre de sus talleres se hizo efectivo. “Mi madre se llevó un disgusto tremendo. Todo el mundo dijo que se retiró porque no podía adaptarse al mundo del prêt- à-porter pero no fue así. Tenía 73 años y sintió que no tenía edad para empezar a hacerlo, pero si la hubiera tenido lo habría hecho y maravilloso. Se portó como un señor hasta el final, porque podía haberse declarado en quiebra para no tener que afrontar el coste de cerrar, pero de su bolsillo costeó todas las indemnizaciones. Había asistido a la muerte de Chanel y Dior, y vio que determinadas personas eran contratadas para ponerse al frente de esas firmas. No quería que pasase lo mismo con la suya. ‘Cuando muera, se acabó Balenciaga’, nos dijo”. No llegó a cumplirse su voluntad: “En esa época empezó a pasar temporadas en la zona de Levante. Antes de su último viaje a Jávea hizo un testamento que pensaba firmar a su regreso, pero falleció allí. La familia lo vendió absolutamente todo: el nombre, los archivos… Todo”.

Balenciaga no solo no se acabó porque su etiqueta ha seguido produciéndose, sino también porque en nuestro país por fin contamos con un museo dedicado a su trabajo, uno en el que Sonsoles Diez de Rivera ha estado involucrada desde que era solo una idea. “Siempre se hablaba de que iba a haber un Museo Balenciaga. Felisa me lo decía, hasta mi madre me dijo antes de morir que iba a dar un traje para el museo y yo le dije que qué hipotético museo era ese. Cuando falleció me tocó levantar la casa y me encontré dos armarios llenos de sombreros. No los podía tirar pero tampoco hacerme cargo de ellos. Llamé a Givenchy para contárselo. Su sobrina era directora del Musée Galliera de París, y me dijo que me enviarían a alguien a recogerlos. No se cómo, se entera Felisa y me llama: ‘Señorita de Llanzol. Usted no puede dar todo al museo de París, tiene que dejar algo para el museo de Guetaria’. Le dije que ese museo no existía e insistió: “Va a existir. No dé usted todo a París”. Separé la mayoría para París y alguno para Guetaria. Un día vienen tres yogurines con unas batas blancas y unas cajas de cartón y papeles de seda preciosos y los van envolviendo y guardando como si fuesen obras de arte. Salieron de casa como quien sale de un safari. Y de repente llega un señor bajito y me dice que viene a recoger lo del Ayuntamiento de Guetaria. ‘Ah, muy bien. ¿Y dónde los va usted a meter?’ Y me señala una bolsa de basura comunitaria”. Tras una comida con el entonces alcalde de Guetaria, Sonsoles acepta involucrarse en el proyecto. Corría el año 1996 pero el museo no abrió sus puertas hasta 2012. ¿Por qué se retrasó tantos años?

El escándalo hizo correr ríos de tinta. Un presupuesto inicial de 4,8 millones de euros se acercaba en realidad a los 20 por algo que ahora nos resulta muy familiar pero que entonces no lo era tanto: la mala gestión política. “Me eligieron vicepresidenta del comité y fue horrible. En mi vida lo he pasado tan mal. Me tocó ir al juzgado a declarar, hacerme res- ponsable de todo ese lío… No dormía de preocupación por las noches, solo pensaba que si Balenciaga estuviese vivo me habría dado dos bofetadas porque no le habría gustado nada toda esa opereta”. Tras siete años ejerciendo ese cargo pasó a ser patrono fundador y hoy sigue trabajando activamente para el Museo. “Mando baúles de trajes que voy recopilando y les echo una mano cuando tienen problemas. La tercera edad sirve para tener contactos a un nivel considerable y si no eres amigo de una persona, sabes con quién tienes que hablar para llegar a ella”. Así, a base de llamadas, está a punto de cumplir otro sueño: llevar a Balenciaga de vuelta al Museo del Prado. “Creo que para noviembre conseguiré montar la exposición en su galería principal y espero que con eso, si hay un más allá, consiga que Balenciaga en lugar de pegarme de bofetadas, se alegre mucho”.

Fotos cortesía del Museo Cristobal Balenciaga.

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