Ellos conocieron a Balenciaga (III)

Ellos conocieron a Balenciaga (III)

RAQUEL FERNÁNDEZ

Maggi Eckardt de niña soñaba con ser modelo pero nunca imaginó que acabaría teniendo el trabajo que todas sus compañeras de profesión deseaban: Ser maniquí de la casa Balenciaga en París.

 El 30 de octubre de 1965, la modelo Jean Shrimpton hizo temblar Australia al presentarse en la Melbourne Cup con un vestido cuyo bajo era 10 centímetros inferior al políticamente correcto. Aquel desafío al protocolo en forma de minifalda sentenciaba el inicio la era de la moda joven y la caída de la costura a favor del prêt-á-porter. El escándalo se manifestó con el silencio y las miradas de rechazo de los allí presentes, pero hubo una mujer que no dudó en acoger a la británica entre tanta hostilidad. Era Maggi Eckardt, que acababa de poner fin a su carrera como maniquí y que conocía a Shrimpton de sus días en Londres. Casi cincuenta y dos años después (y diez horas de diferencia horaria) se encuentra al otro lado del teléfono desde su casa de Sídney.

Eckardt comenzó a soñar con convertirse en modelo cuando la profesión aún se estaba definiendo, y desde niña devoraba revistas de moda y se afanaba en coser su propia ropa. A los 16 años me apunté a una agencia de modelos pero no me consiguieron ningún trabajo porque en Australia buscaban chicas rubias a las que le sentasen bien los bañadores. Yo era más sofisticada y parecía mayor de lo que era”. Hizo falta que el modisto de cabecera de la reina de Inglaterra cruzase el océano para que el mundo pudiese descubrirla: “Un día vi el anuncio de que Norman Hartnell traía su colección de gira por Australia y estaba buscando modelos. Todas las chicas de Sídney fueron a probarse la ropa pero yo fui, probablemente, una de las más altas. Creo que les gusté por eso y por mi porte elegante. Hice toda la gira y al terminar me aseguraron que si iba a Londres tendría un trabajo en su salón como maniquí. Hice la maleta, me monté en un barco y llegué a Inglaterra”. Estuvo seis meses en su casa de costura, hasta que se dio cuenta de que el trabajo que daba dinero era el fotográfico que llenaba las páginas de las revistas. Llamó a la puerta de Vogue y no dudaron en cogerla.

Ellos conocieron a Balenciaga (III)

 

El fotógrafo de Balenciaga

En esos días conoció a Tom Kublin, que además de trabajar para la revista era el fotógrafo favorito de Cristóbal Balenciaga. La conoció, la invitó a ir a París y Maggi se instaló en la ciudad de la luz indefinidamente y se convirtió en una de las modelos favoritas en la maison de la Avenue George V (“Creo que por mi pelo moreno y la nariz marcada veían en mí algo de española”).

Balenciaga hacía algo que no preocupaba a ninguna firma más: controlaba todas las imágenes que salían de su casa. Era muy inteligente también en ese sentido. Seleccionaba cada fotografía y le gustaba que los fotógrafos se inspirasen en la obra de sus pintores españoles favoritos, Zurbarán y Goya, como hacía él a la hora de crear las prendas”. Había otro aspecto en el que incidía: “que las fotos hiciesen justicia a los tejidos”. El trabajo concienzudo del modisto pasaba también por el aprecio de la calidad de la materia, tanto que cuando no encontraba el tejido que estaba buscando, encargaba que se lo hiciesen en Suiza. “Las prendas y los tejidos parecían pesados antes de ponértelos y en las fotos, pero una vez en ellos te dabas cuenta de que eran increíblemente ligeros”. En otras palabras, acogedores. De todas las fotos que le hizo Kublin para Balenciaga su favorita es la del abrigo de red, inspirado sin duda por el oficio de los pescadores de Guetaria. “No fue nada fácil de hacer porque lo arrastraba al ca- minar (parezco más alta de lo que soy porque tengo el cuello largo) y los zapatos se me enredaban constantemente”.

La ex modelo asegura que es cierto aquello de que Balenciaga observaba constantemente lo que ocurría escondido tras las cortinas que separaban las distintas estancias del taller, y en el tiempo que pasó allí sólo se lo encontró una vez. “Fue en el pasillo, cuando iba del probador al salón. Me puse nerviosa y no supe que hacer, casi me sale una reverencia como las que se hacen a las reinas. Al final no hice nada y él siguió andando”.

Ella también continuó su camino, aunque este la alejase del mundo de la moda. Se casó con el diplomático francés Herve Hutter y juntos se mudaron a Melbourne. No pudo volver a ejercer como modelo porque su imagen no podía asociarse a la de ninguna firma. Su primer acto oficial fue aquella Melbourne Cup en la que Jean Shrimpton, a pesar del escándalo, no fue la única protagonista. “Acabábamos de llegar a Australia y no sabía qué ponerme, pero encontré quien me hiciera un sombrero tipo turbante. ¡Gané el premio a la mejor vestida! La recompensa era una vuelta al mundo. Los dos años siguientes volví a ganar otras dos vueltas al mundo. ¿No es increíble?”. Lo increíble es cómo de pequeño se le queda el mundo a algunas personas.

Ellos conocieron a Balenciaga (III)   Ellos conocieron a Balenciaga (III)

Fotos cortesía del Museo Cristobal Balenciaga.

PUBLICIDAD



PUBLICIDAD