Carta blanca a la camisa clásica

Carta blanca a la camisa clásica

RAQUEL FERNÁNDEZ

Comodín indiscutible, pero cargado de intención. Ningún básico ha sido tan capaz como la camisa blanca de mostrar el carácter de quien lo lleva.

Trata de pensar en una prenda de tu armario que siempre haya estado ahí. Desde los días de colegio hasta la universidad, desde tu primera entrevista de trabajo hasta tu última reunión. Que funcione en la oficina pero también en una noche con amigas o un día de mudanza. La camisa blanca, básico donde los haya, gana la batalla de la versatilidad al mismísimo tejido vaquero. Ninguna de las cualidades que se le reconocen hoy en día la salvaron del escándalo en tiempos de María Antonieta. Fue la reina de Francia quien apareció por primera vez con un vestido de muselina blanca (muy alejado de la etiqueta de la época) para posar para un retrato de Vigée-Lebrun en 1793. El problema, en realidad, no era lo ligero del tejido, sino que las clases altas habituaban a vestir con materiales más elaborados. La cuestión es que no hay nada como un escándalo para propiciar el cambio: en el siglo XIX, una vez adornada con plisados y chorreras, se convirtió en un símbolo de estatus. Sólo aquellos con trabajos que no requiriesen de esfuerzo físico podían llevarla impecable todo el día. En los años 20, Coco Chanel se encargó de eliminar el corsé que solían esconder debajo y la emparejó con unos pantalones masculinos. La era de la comodidad había llegado.

Carta blanca a la camisa clásica

El cine hizo el resto. La camisa adornada con un broche de Katharine Hepburn en Holiday (1938) y la que convirtió a Lauren Bacall en una mujer de hielo en Cayo Largo (1948). El giro romántico se lo dieron las Vacaciones en Roma de Audrey Hepburn y Gregory Peck en 1953, aunque la de la actriz era demasiado inocente y las mujeres de esa década decidieron lucirla en clave pin-up para potenciar sus encantos. Poco más de diez años después, se había convertido en un símbolo feminista y quedó demostrado que esta prenda no suponía más declaración de intenciones que la que su portadora estuviese determinada a hacer.

Carta blanca a la camisa clásica   Carta blanca a la camisa clásica

Todavía faltaba algún tiempo para que llevásemos la camisa blanca en términos realmente masculinos. Patti Smith hizo mundialmente famosa a la suya con la portada de Horses (1975), fotografiada por Mapplethorpe, y en los ochenta nos atrevimos a llevarla en clave ejecutiva (a recordar: Kim Basinger en Nueve Semanas y Media). Después vinieron Julia Roberts y Uma Thurman en Pretty Woman y Pulp Fiction (1994) para recordarnos que a este básico aún le quedaba mucha vida y la camisa se desprendió de la pantalla de cine para dejarnos sin palabras en la piel de Meryl Streep, Susan Sarandon o Sharon Stone.

Carta blanca a la camisa clásica   Carta blanca a la camisa clásica   Carta blanca a la camisa clásica

En todos estos años ha sido garantía de nobleza, símbolo de rebeldía y manifiesto minimalista. Ha sido cándida y combativa, y llevarla, en ocasiones, ha resultado más sexy que su ausencia. Intenta ahora encontrar un parecido a todas las mujeres mencionadas. Solo tienen uno: personalidades arrolladoras. Y ninguna prenda ha sido tan capaz de ponerlas de relieve como la camisa blanca.

PUBLICIDAD



PUBLICIDAD