Marina Saura, la 'rara avis' del cine español

Marina Saura, la ‘rara avis’ del cine español

Texto: Rosa Alvares / Fotografía: Darío Vázquez

 

Como actriz, nunca encajó con los gustos del cine español: una belleza demasiado inquietante para nuestra pantalla… Ahora, la hija del pintor Antonio Saura se revela como escritora magistral con Sin permiso. Que nadie pierda de vista a esta rara avis, tiene mucho que contar. Y la historia empieza así: Conocí a Marina Saura mi primer día como periodista en prácticas. Me habían enviado a cubrir un taller de interpretación sobre la dificultad de Otelo, impartido por Toby Robertson, uno de los máximos especialistas mundiales en Shakespeare. Llegué al Círculo de Bellas Artes de Madrid aterrorizada. ¡Me sentía incapaz de hacer ni una sola pregunta a tal eminencia! Marina, que estaba allí como coorganizadora del encuentro, me facilitó mucho la labor. Resolví como pude la situación sin que nadie se diera cuenta de mi inexperiencia y, a la mañana siguiente, mi pieza se publicaba felizmente en el periódico…

De aquel día recuerdo dos cosas: mi sensación de “tierra, trágame” y la sonrisa tranquilizadora de la anfitriona. Con el tiempo, Marina Saura y yo nos hicimos amigas. Por eso, cuando me abre la puerta de la casa donde se aloja siempre que viene a Madrid, siento algo parecido a nuestro primer encuentro. ¿Cómo entrevistar a alguien que forma parte de tu círculo personal sin caer en lo obvio?

Detrás de esa sonrisa maravillosa suya, también se esconden muchos malos momentos, porque la vida nunca da tregua. La muerte prematura de sus hermanas menores y la de su padre, el genial pintor Antonio Saura, dejaron huella indeleble. Sin embargo, esa “flor rara que ha dado Europa” –como la definió Francisco Umbral en sus inicios como actriz– ha sabido concluir duelos, tomar las riendas de la memoria familiar, del legado artístico paterno y seguir su propio camino, ahora como la escritora que siempre quiso ser.

Resulta una carga ser la heredera intelectual de Antonio Saura?

No me considero heredera intelectual de mi padre para nada. Él era una persona con un talento, unos intereses y una cultura que yo no pretendo ni siquiera comprender en su totalidad, como mucho, admirar. Siento curiosidad por conocerla, pero no es algo mío, no es mi mundo. La herencia que he recibido de él es dar a conocer su obra a través de su fundación (Archivos Antonio Saura), no sustituirle ni en sus opiniones, ni en sus gustos, ni en su sabiduría. El mío es un trabajo de gestión, de divulgación, que implica mucha dedicación, eso sí. Podía haber rechazado esa herencia; de hecho, estuve a punto de hacerlo.

¿Y eso por qué?

Cuando mi padre murió, mi carrera como actriz comenzaba a funcionar, especialmente en Francia, donde mi físico siempre ha despertado interés. Es cierto que en teatro yo había hecho muchas cosas en España, pero en cine me resultó siempre difícil. Aquí siempre he sido un freak, un monstruo. Me lo dijeron desde el primer día: “Usted, tan alta, con esos dientes…” Todo en mí resultaba raro. Los directores de cine con los que hacía pruebas siempre me decían que parecía extranjera, y que ellos buscaban una chica de andar por casa.

Todo esto resultaría muy frustrante.

Claro, porque solo podía hacer lo que los ingleses llaman character parts: papeles genéricos, como la puta, la monja… pero sin nombre, apellido ni historia. En teatro pude desarrollarme como actriz, así que no tengo nostalgia; pero en cine, ha sido otra cosa. Yo me fui a Londres a estudiar interpretación en The Drama Centre durante cuatro años. Tenía oportunidades allí, pero quise venir para actuar en mi propio idioma. Y luego, me enamoré de un español… Al empezar a trabajar en Francia, me di cuenta de que todo el esfuerzo que estaba haciendo por trabajar aquí, de ser aceptada y visible, era posible en otro lugar. Cuando voy por las calles de París, la gente me mira, tiene ganas de hablar, llamo a un agente y me recibe… es otra cosa, es algo natural. Ahora pienso que me equivoqué viniendo a España. ¿Por qué no lo vi entonces claro?

Marina Saura (Madrid, 1957), hija de Antonio Saura y de Madeleine Augot –traductora francesa se origen sueco de la que procede esa belleza suya tan inquietante–, trabajó en películas, series de televisión y numerosísimas obras teatrales en nuestro país. Tras el fallecimiento de su padre, en 1998, se vio inmersa en la creación de Archivos Antonio Saura, la fundación que pusieron en marcha sus sucesoras en Ginebra, respetando los deseos del artista tal como estaban estipulados en sus últimas voluntades. Una complicada experiencia que, a lo largo de nueve años, condujo a desencuentros con determinadas administraciones españolas, a pesar del empeño de las herederas por alcanzar acuerdos.

La muerte de su padre propició que dejara a un lado su carrera como actriz.

Se interrumpió porque no podía estar en todas partes. Ya no tengo hermanas y ni mi madre ni la viuda de mi padre se podían ocupar de nada. Sentí que seguir mi camino era una forma de abandonar la obra de mi padre a quien quiero muchísimo. Me parecía muy egoísta por mi parte. No irresponsable, porque no sentía responsabilidad, no tenía nada que ver con esa obra, ni siquiera era su ayudante. Pero de pronto, el trabajo mismo de la sucesión, de hacer el inventario de obras, de reunir los escritos, de ocuparme de todo lo implica la muerte de alguien, en especial, de un artista, propició que empezara a entender su obra y a apreciarla de verdad.

De niña, le apasionaba la vulcanología y la oceanografía. Le gustaba lo oculto, lo abisal… y ahora anda buceando en la obra de su padre y en sus propios recuerdos. ¿Ha descubierto cosas suyas como artista que no conocía?

Sí, claro. Yo tenía una relación muy estrecha con él. Como padre e hija nos queríamos mucho y nos lo manifestábamos. Pero también tuvimos nuestros problemas –como todos los hijos adolescentes– y, además, ambos éramos muy púdicos en cuanto a nuestro trabajo. Él no me explicaba nada de su obra, ni me preguntaba mucho por lo que yo hacía. Esa zona era silenciosa y yo creo que a él le hacía sufrir que no le preguntara más, que yo no apreciara más su obra. ¡Pero es que los hijos no tienen por qué ser tus fans! Él ya tenía sus amigos y sus interlocutores intelectuales… Tras su muerte, trabajar en los archivos, en su obra y en los libros que hemos hecho sobre ella, me ha permitido entender lo que hizo y lo que decidió no hacer. Por ejemplo, descubrí que evitaba caer en lo fácil. Cuando algo le salía sin dificultad, entraba en crisis y dejaba de pintar, no quería seguir el camino que ya dominaba. Tuvo varias de esas etapas, en las que escribía, dibujaba, pensaba, leía, pero no pintaba. Después, daba un paso increíble y avanzaba en un terreno más desconocido.

¿Y qué ha descubierto en su faceta más personal?

Bueno, he leído sus cartas, sus cuadernos de trabajo, sus diarios… material privado. Y he descubierto lo atormentado que era, sus dudas, las cuestiones que se planteaba, los momentos de depresión, lo que vivió cuando murieron mis dos hermanas – de lo que nunca hablaba–, cuando se separó de mi madre, cuando conoció a su nueva mujer… Eso pertenecía a su intimidad, y me lo dejó ahí. No es que yo lo descubriera por error o por accidente, es que él así lo quiso. Me dijo: “Ya verás, te encontrarás cosas que te van a interesar mucho”.

Además, usted es la única persona capaz de descifrar su letra.

A veces con mucho esfuerzo, ya que tiene una letra muy de pata de mosca. Además, todo lo escribía de forma muy críptica, como en clave. Una de mis inquietudes según voy cumpliendo años es que no me va a dar tiempo de transcribir todo eso. Hay trabajo para varias generaciones. ¡Lo que nos falta en la fundación es dinero!

Marina Saura, la 'rara avis' del cine español

Ama los libros apasionadamente, como lectora y como editora. Y no es extraño que quedes con ella a tomar café y vuelvas a casa con un listado de propuestas que, con seguridad, merecerán la pena. Porque Marina Saura, además de archivera de la fundación de su padre y debutante autora, sería una perfecta librera.

Cuando murió su padre, ya escribía…

Sí, aunque no me atrevía a publicar porque me sentía actriz y consideraba que no tenía derecho a otra cosa. Aunque parezca muy lanzada, soy muy humilde, y necesitaba una confirmación porque esta sociedad juzga muy mal a los que son capaces de hacer varias cosas, en vez de apreciar lo que puede tener de bueno lo que haces. Yo me había formado como actriz, había tenido retos teatrales importantes y en escenarios prestigiosos y difíciles, con textos clásicos y contemporáneos… Asumí que ese era mi mundo, y ya está. Aunque yo escribía lo que me interesaba.

Su primer libro, Sin permiso, es lo más personal e intransferible que ha hecho en todo este tiempo. Creo que Santa Teresa y San Juan de la Cruz tienen mucho que ver en que Marina Saura sea escritora.

Me impactaron desde muy joven. Sentí curiosidad por ellos cuando un amigo escritor me dijo: “Tú vas a ser la nueva Sor Juana Inés de la Cruz”. ¡Y yo no sabía ni quién era! A mi padre también le gustaban mucho estos místicos, y empecé a leerlos en su biblioteca. Me parecía un modelo de escritura extremadamente libre: dentro de un esquema muy rígido, de una vida de dedicación a un ministerio, de renuncia, podían escribir ejerciendo una libertad máxima. Algo muy atractivo para muchas mujeres, en especial, en mi generación. Muchas niñas a las que nos gustaba leer y aspirábamos a ser más que esposas y madres, pensábamos cómo se podía conseguir eso. Y muchas creían que metiéndose a monja era posible. Yo no llegué a ese extremo porque a mí me interesaba la libertad espiritual, pero también la sexual y vital. Nunca se me pasó por la mente vestir los hábitos porque, además, yo tenía muy mala relación con la iglesia católica. Sin embargo, me gustaba ese modelo de una mujer dedicada a la creación.

¿Qué otros referentes literarios reconoce como propios?

Después, empecé a leer a Virginia Woolf, a Katherine Mansfield… Y como pronto me dediqué al teatro, Chéjov fue otro gran descubrimiento porque es un escritor muy femenino: escribía robándole tiempo al tiempo, de noche, por entregas… como muchas mujeres. Mis modelos eran esos: Santa Teresa como motor, y Mansfield y Chéjov en lo formal. Me interesaba la forma breve del cuento por lo fulgurante, no porque entonces tuviera falta de tiempo, ya que llevaba una vida de estudiante y trotamundos.

¿Cuándo comienza a sentir que la escritura es más que un hobby?

Cuando empecé en el teatro, este me llenaba y escribía solo para mí, sin mayor ambición. El cambio de registro íntimo es cuando me empiezo a rebelar por la servidumbre de la interpretación. A mí me encanta ser actriz, todo lo que supone la creatividad de un personaje, pero vivo mal la pasividad del actor, estar esperando a que alguien te mire, te desee, te solicite. Va contra mi naturaleza, que es activa. Eso, unido a que me había empeñado en venir a España, donde no encontraba trabajo como actriz, hizo que empezara a escribir de manera más arriesgada y más seria, en el sentido de construir algo. Y me planteaba: ¿Soy autora o soy intérprete? ¿Soy la actriz carroñera que se nutre de la experiencia ajena, de lo que ve? ¿Soy la depredadora que caza, de manera activa? Aunque una faceta y otra tienen mucho que ver.

¿Y cómo da el paso de publicar?

Eso solo lo puedes hacer cuando estás madura. Yo soy lenta en todo: en mi desarrollo físico, fui madre a edad avanzada… Nunca he estado del todo satisfecha con el trabajo de la actuación. Para mí el intérprete es alguien que está siempre escondido, aunque se exponga. La interpretación y la escritura tienen en común la observación, nutrirse de uno mismo y traducirlo a un lenguaje, dar forma a algo real que sale de dentro de uno y que no existía antes. Lo que las distingue es la exposición del cuerpo y la voz en el intérprete, lo efímero de su labor; en el autor, es una tarea solitaria y diferida. En los dos casos, me gusta citar a J.M. Coetzee en su obra Elizabeth Costello, donde dice que ella era “secretaria de lo invisible”: ambos son médiums, uno de sí mismo y el otro de lo exterior.

De la misma forma que ha comprendido a su padre a través de ese puzle que se recompone, la escritura de Sin permiso, ¿le ha hecho descubrir algo de usted que no supiera?

No, soy la misma. Quizá más valiente. Porque da vértigo lanzarse al mundo y que te lean. Hay que vencer la modestia ya que publicar es un acto de narcisismo espantoso, aunque también lo es actuar. Una vez que he perdido el miedo a que se me juzgue como alguien impúdico, lo que quiero dar a conocer es algo que no lo es. Lo que me interesaba en Sin permiso era hablar, a partir de cosas muy específicas, de mujeres que existen: de la literatura, de la política, de las que observo por la calle, de mí misma… Me nutro de muchas voces para que luego resuene y sea algo real. Mi apuesta era arriesgada, pero era el libro que deseaba escribir. Y quería que fuera una especie de friso, con un ritmo poético, de monólogo, de letanía, hipnótico.

Ha hallado una fórmula –un monólogo lleno de interrogaciones que constituye una historia– que va directa a la emoción.

Hay tantos libros, hay tantos escritores, que el único interés de escribir es lo que decía Kafka: si lo que lees no te afecta como un puñetazo, entonces es que no tiene interés. Mucha gente me pregunta qué hay de mí en el libro. Al escribirlo, no me planteé esta cuestión; es ahora, cuando escucho la reacción de los lectores. ¡Da igual que me haya pasado a mí o no! La biografía es siempre necesaria para aquel que escribe como base, como humus, pero lo único que me interesa es la verosimilitud. Al ver a un actor, me da lo mismo que llore en escena de verdad, lo que me interesa es que haga llorar al público. Esa es la cocina del autor. Y para llegar a conmover, todo está permitido: fantasear, deformar, aunque estés ha- blando desde la primera persona. Eso sí, he tenido un problema al pensar si mi texto haría daño a alguien que lo haya leído. Porque cuando utilizas la primera persona, te arriesgas a que se malinterprete.

Este es un libro de miradas, exteriores e interiores…

Desde muy joven he sentido que la mirada podía ser nutricia, pero también destructora. Y no me re ero solo a la desagradable, la agresiva o libidinosa, sino la ausencia de mirada, pasar desapercibido, que es como dejar de existir. Para mí, también resulta importante la mirada que yo proyecto: me gusta mirar sin ser vista y me excita sentir que con mi mirada puedo atraer las ajenas. La mirada es como la voz, un puente entre las personas, y es poder.

No concibe una vida sin libros, pero ¿cómo cocina sus propias criaturas?

Para mí, escribir es lo más importante ahora, por encima de la interpretación o de mi trabajo en la fundación. Soy muy obsesiva y estoy todo el tiempo dándole vueltas a los temas que me interesan. Aspiro a levantarme muy temprano, tomarme un café y ponerme directamente a trabajar hasta que no pueda más. ¡Incluso en pijama! También me ayuda mucho pasear: la mejor forma de quitarme tensiones y de trabajar los temas que luego voy a plasmar en papel. Me gusta deambular, tomo notas todo el rato en cuadernos. Y todo me sirve. Luego, escribo directamente en el ordenador. Tengo proyectos de textos desde hace años y los reviso, los amplío, los abandono… es un trabajo de capas, de sedimentación. Soy lentísima, aunque Sin permiso era una urgencia de una mujer que va a cumplir 60 años y siente que ya no tiene tiempo para revelarse como escritora. ¡Aunque yo no quiero ser escritora, yo quiero escribir sobre cosas que le interesen al lector!

¿Es un libro que cierra un ciclo vital?

Es un libro sobre atreverse a ser una misma; a vencer la codependencia, a superar la mala imagen que tenemos de nosotras mismas, esas cosas tan femeninas. De algún modo es reivindicar que mi yo es que el que me invento, el que quiero ser. Este libro lo he hecho al tiempo que he aprendido a conducir. Por fin, he vencido el miedo que tenía a coger el volante y a decir: “Soy escritora”. No es un libro para saldar deudas; todos los problemas siguen latentes, pero contemplados de otra manera, entendidos y puestos en relación con los de otras personas, como un tapiz de la vida de muchas mujeres. Ya no son causa de sufrimiento.

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