¿Cómo es la vida de una geisha?

¿Cómo es la vida de una geisha?

Myreia S. Vaquero

Todo es fugaz. Llega y se va. Lo sabemos. No podemos hacer nada. Nada que no sea estar -y ser- antes de perder la oportunidad, el momento, el sentimiento. Aceptamos las reglas del juego porque a cambio, todavía nos quedan miradas en las que detener el tiempo. Y eso alivia. Tampoco hace falta ir lejos. Seguro que tienes cerca esos ojos. Pero si ahora quieres, podríamos irnos a una mirada. A una mirada por dentro. A la de ellas, las geishas. Allí también se para el tiempo. Descubrir como es su vida y romper el secreto para siempre. ¿Cómo es la vida de una geisha?

Geiko es la palabra, en el dialecto de Kyoto, para referirse a una geisha. Gei se traduce como “arte” y sha significa “persona”. Sin embargo, a pesar de esta traducción tan inspiradora, lo primero que sigue viniéndonos a la cabeza cuando escuchamos este término es un componente erótico que se ha instalado erróneamente entre nosotros. Así que mejor dejarlo claro al principio, antes de meternos aún más en sus miradas. Una geisha no es una compañía que ofrece placer sexual.

Tampoco es extraño que sigamos teniendo dudas acerca de cómo es su día a día. El hermetismo es casi absoluto. Podríamos quitar incluso el “casi”. Por eso, cuando hay alguien que consigue traspasar esa frontera, las sorpresas están aseguradas.

Quiero ser una geisha

Lo que primero deben hacer es, quererlo. Desearlo. Soñarlo. Sin esa voluntad, nada tiene sentido. El paso siguiente es contactar con la residencia –hanamachi– en la que vivirán durante un tiempo mientras mantienen despierta su vocación. Allí aprenderán todo lo que necesitan junto a la figura de la okâsan, la propietaria de la residencia, su segunda madre. Normalmente tardarán un año en relacionarse con otras geikos. Mientras tanto, se dedican en cuerpo y alma al arte. Es su máxima aspiración.  No pueden – ni quieren – compaginarlo con otros estudios o trabajos.

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Arte también es su vestimenta. Kimonos tejidos y pintados a mano. Piezas únicas. Inimitables. Poéticas. Cuando se convierten en geishas, necesitan un kimono de invierno, otro de verano y uno de primavera/otoño, además de los accesorios correspondientes.  Antes, los clientes hacían regalos y donaciones con las que ellas podían financiar tanto los trajes como su debut como geishas, que suele costar unos 30 millones de yenes. Ahora, las tasas de transacción por realizar un obsequio dificultan este intercambio. Sin embargo, las geikos pueden no financiar nada a cambio de no cobrar honorarios durante 5 años. Además, las propietarias de las hanamachi les suministran los kimonos y se responsabilizan de otros gastos para hacer realidad su sueño.

Y es que una vocación que se ha despertado puede más que todo. Lo saben ellas, que tras un periodo de aprendizaje, por fin se convierten en geishas y conocen a su primer cliente o patrón. La relación entre ellos, por cierto, puede durar entre 15 y 20 años. Y nos permitiréis que insistamos, por si alguien se ha perdido las primeras líneas del artículo. No se trata de una relación sexual.

Es más, quizá ahora mismo, en Japón, un hombre acaba de encargar un kimono y ha contratado a una geisha para ver cómo le quedará. Mientras, otro ha solicitado sus servicios para ir con ella a practicar el shamisen, uno de los instrumentos musicales típicos de la cultura nipona.

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Nadie puede evitar mirarlas cuando se cruzan por el camino. Con si ocurriera un milagro. Dicen que viven aisladas, en otro mundo. Un mundo en el que estudian arte por las mañanas hasta que por la tarde, empiezan la preparación del ozashiki. Es una de las tareas principales de una geisha, el entretenimiento y acompañamiento en celebraciones íntimas. Sobre las ocho, llegan los primeros clientes que se quedarán hasta las once de las noche. A veces, ellos son los que no quieren escribir el punto y final. Entonces, el encuentro puede alargarse hasta las dos de la madrugada.

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Antes de la guerra, la situación de pobreza en Japón hizo que muchos padres se plantearan la opción de ingresar a sus hijas en estos centros. Tenían la residencia y la comida garantizada. Ahora, sin embargo, lo único seguro es la motivación que hay en cada historia. Eso es, precisamente, lo que mantiene viva esta leyenda.

En realidad, nosotros solo queríamos contaros que el fotógrafo francés Philippe Marinig, ha conseguido entrar en su mundo. El resultado es un trabajo titulado Secret Moments of Maikos en el que una colección de fotografías muestra el día a día de las geishas.  De él son las imágenes de este artículo, las mismas que nos han despertado la curiosidad. Las que reflejan tradición, harmonía, serenidad. Fragmentos de una realidad que se llenan de kimonos impecables, peinados imposibles de deshacer, pieles perfectas. Pero también, y por encima de todo, de miradas eternas.

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