Eusebio Poncela vuelve con fuerza

Eusebio Poncela vuelve con fuerza

Texto: Belén Ester / Fotografía: Felipe Hernández

Con voz baja, maneras lentas, mirada penetrante y una cierta templanza, Eusebio Poncela, a poco de estrenar El accidente en televisión y Esto no es la casa de Bernarda Alba en el teatro, se toma un café (o dos) con L’Officiel. Con ganas de tomarse un par de cafés bien cargados y de charlar amigablemente antes de empezar la entrevista, el artista madrileño nos recibe en el Hotel Gran Meliá Palacio de los Duques, a escasos metros del Teatro Real. Sereno, atractivo y rejuvenecido, sus impactantes ojos azules no son los de un hombre de 72 años y su inefable aire de anacoreta le hacen huir de toda catalogación. Cada respuesta desconcierta más a esta reportera que busca ideas claras, frases concisas, reflexiones profundas. Y que Eusebio Poncela no da. O sí. O todo lo contrario. Ni él mismo lo sabe. Pero sí nos asegura diversión y aprendizaje con sus palabras.

Menudo momento convulso para encontrarnos (unos días del 1-O).

A veces agradecería no coscarme de nada, se lo aseguro.

¿Ha trabajado mucho en Cataluña?

Mucho. Hice toda la serie de Pepe Carballo que fue un año entero de mi vida y para hacer teatro he ido mil veces, no sé, no me acuerdo. Estuve con Edipo la última vez con el montaje de Georges Lavaudant llenando el Teatro Griego. Barcelona es maravillosa. Aunque también llevé allí mucha vida arrastrada, muy underground.

¿Eso ha sido siempre? ¿Un underground?

Supongo que lo más fácil o lo más esperable sería ponerme una etiqueta. Pero yo las odio… No podría decirle qué soy o qué dejo de ser.

Pero siempre aparece como uno de los actores del último franquismo y del inicio de la movida…

(Se ríe) ¿Y eso qué significa? ¿Qué se me quiere ajustar a una época? Sí, bueno, empecé en ese momento. Pero luego he seguido haciendo cosas. Buenas y malas. Metiendo un gol en alguna ocasión y viviendo como el Guadiana: aparezco, desaparezco, me voy, no estoy. ¿Se ha muerto o está vivo? ¿Qué ha sido lo mío? Todo. Y nada.

Pero vayamos por partes. Empezó en el cine de los 70 en donde se hacía destape, spaghetti western, una especie de cine negro…

En el cine de los 70 yo tenía muy poco que hacer por el físico, por el temperamento, por la inquietud y porque estaba más loco que una cabra. Yo no encajaba en ningún sitio. Era el cine de José Sacristán y de Alfredo Landa. ¿Yo qué cojones hacía ahí? Yo era un jovencito guapísimo de la muerte y con unas inquietudes y unos rollos patateros que no encajaban en ningún lado. Empecé haciendo cosas con Eloy de la Iglesia y Vicente Parra en La semana del asesino y funcionó. Ha habido siempre un milagrito en mi vida que me ha acompañado para no perecer en el tumulto como el del destape, por ejemplo. Pero fue con Operación Ogro de Pontecorvo y Arrebato de Iván Zulueta cuando yo empiezo a despertar con vida propia, pero eso fue a finales de los 70 que fue una época de muchos cambios y no solo por la movida sino porque cambiaba el país del palurdismo absoluto del cine de barrio a un cine más moderno que tenía más cosas que decir. Supongo, no sé…

¿Rechazó películas de ese tipo?

He tenido que rechazar bastantes cosas, sí. Creo que tuve cierta astucia para esquivar papeles que pensaba que no tenían nada que ver conmigo. Aunque a veces me quedara con una mano delante y otra detrás o hiciera películas tras las que nos acabaran tirando piedras…

… Como Arrebato.

Como Arrebato, sí.

¿En alguna entrevista no le preguntan por Arrebato?


Hay gente muy loca con Arrebato. Pero también loca con Los gozos y las sombras… Otros con La ley del deseo. Y con Martín (Hache). Para algunos soy esas películas, para otros el Cardenal Cisneros, para otros el posfranquismo…

¿Y para usted?

A mí no me pueden dar más igual todos estos compartimentos estancos porque no tienen nada que ver unos con otros. Jamás me compartimentaré. Soy disciplinado, pero no me puedo catalogar en algo. No sé hacerlo.

¿No siente que su carrera esté marcada por tres o cuatro trabajos indispensables?

¿Lo dice por lo que viene? ¿A lo mejor lo indispensable viene ahora con Esto no es la casa de Bernarda Alba? Yo estoy sobreviviendo a todo un mundo. Han pasado por delante de mí 40 que ya no están y yo sigo aquí, en un puesto bastante privilegiado de la profesión. No me quedé patitieso en una esquina. Ahora se estrena una serie que se llama El accidente y tengo un papelón maravilloso y en el teatro hago en diciembre de Bernarda Alba en una de las mejores Bernarda Alba de la historia… Todos los actores estamos marcados por papeles, pero aún me queda mucho que contar. Tengo mucho marchón. El calendario que está a mi favor.

¿Es porque puede permitirse personajes con más enjundia, más elevados?

¡No! Porque tengo mucha vitalidad. Porque tengo mucha fuerza. Porque no la he perdido. Porque no me debilité, milagrosamente. Pero no por los papeles, sino por la vida misma.

Ha sabido parar en varios momentos. ¿Esos parones los atribuye a algo? ¿A una necesidad de reflexionar? ¿A que dejaban de ofrecerle papeles? ¿A que dejó de sonar el teléfono?

(Abre mucho los ojos) ¡Qué preguntas más serias me hace! ¡No tengo la menor idea! Son cosas que fui haciendo sobre la marcha… Nunca tuve problemas con el teléfono porque no sonara y no me ofrecieran trabajos, porque es algo que realmente me daba igual. Cuando he tenido que viajar o irme a la Patagonia a estar perdido, lo he hecho… Quiero decir que cada partícula de mi vida tiene que ver con todo. Así que cuando he parado ha sido porque, sencillamente, tenía que parar, pero no como una reflexión sino porque me venía de puta madre en ese momento y lo hice y ya está.

¿Pero qué maravilla, no? Esa manera de abordar la profesión de una forma tan libre, tan poco necesitada de estar siempre en el candelero…

Sí, no sé. Es que si por algo me he caracterizado es por ser atípico. Por eso no entiendo lo del encasillamiento. Will More, el rey de la movida, vivía en mi casa. La movida me pasaba por aquí, y el posfranquismo por allá. Y yo lo esquivaba y pasaba de todo porque no he tenido nada que ver con nada ni con nadie… Con los compromisos, con estar de moda… Yo he ido a la mío y seguiré yendo a lo mío. Y eso me ha ido bien a mí… Si vivir así tiene cierta armonía con tu carácter todo va bien. Yo podría escribir un libro sobre la movida. Era un espectador privilegiado, pero no quería formar parte de ella. Odio los grupos. Soy individualista feroz. No tengo amigos actores, he ido siempre a mi aire.

Así hablaría un artista maldito… o un personaje de Arrebato.

Vamos a ver, seré justo. No es que no me importe mi trabajo. Adoro ser actor. Y adoro ser pintor. Y adoro escribir. Pero lo adoro yo, es algo mío. Todo lo de alrededor no me importa demasiado. Es la vida la que me interesa más. Y vuelvo a su pregunta: ¿qué hacía si no sonaba el teléfono? Sencillamente vivía, pintaba, escribía…

Poncela para… Mira a los ojos y dice frases con contundencia jugando a la grandilocuencia sabiendo que eso es lo que esperamos los periodistas. Titulares que cuanto más pontifiquen, mejor. Pero él se ríe de eso. Es realmente un espíritu libre, un rara avis inclasificable más amante de la conversación que de la entrevista, de hacer reír que de dejarse interrogar. De hecho, llena la conversación de “¿Ah sí?”, “¿Yo dije eso?”, “¿Qué le estaba contando?” o “¿Y usted qué opina?”… Es bastante preguntón.

Me cita mucho Arrebato. ¿Qué quiere saber de Arrebato?

Pues todo… Cómo ese experimento loquísimo sigue siendo pieza única en la cinematografía española y seguramente de todo el mundo. Sin herederos natura- les. Sin copias. Sin haber creado escuela. Si eran ustedes conscientes de que estaban haciendo algo importante…

Para nada. Como le digo, nos abuchearon. Iván y yo éramos vecinos, amigos, una serie de marginales lujosos, con cierto glamur hollywoodiense en medio de un páramo. Artistas, básicamente, que es la única gente que de verdad a mí me ha interesado. Un grupo de artistas que no encajábamos en ningún sitio… Y Arrebato y toda su magia nació de intereses comunes, de drogas, de amores… Yo estaba un poco verde también en aquel tiempo, siempre he ido con un poco de retraso. He sido un poco Peter Pan con respecto a mí mismo. Las imágenes de Iván son las mejores, es un genio y le adoro, es mi amigo. Fue como estar de vacaciones. Nos tiraron piedras. Pero bueno, ¿y qué? Me han tirado piedras tantas veces. Por ser distinto, por ser como soy…

Esa inocencia de la que hablaba…

No, no, inocencia no. Nunca he sido inocente. Era ingenuidad…

¿Esa ingenuidad, entonces, le ha servido para trabajar los papeles con menos ideas preconcebidas? ¿Es más fácil meterse así en la piel de un personaje?

No. No sé… Le he dado a cada personaje lo que necesitaba. A veces ingenuidad, otras maldad… Todos los trabajos son diferentes. No hay un método para trabajar. Cambia el personaje, cambias tú, cambia el equipo, cambia el director…

No parece un actor muy del Método, la verdad.

Pues cuando es necesario lo soy. Cuando he tenido que trabajar con Strasberg –que lo he hecho dos veces–, de pronto el Método está bien por- que es lo que necesitaba un texto de O’Neal, por ejemplo… Por eso adoro este o cio, porque es muy dúctil, te permite informarte sobre muchas cosas, aprender permanentemente. Qué le voy a contar a usted lo que es París… Qué época es esta, quién soy yo, qué hago aquí… Es fascinante.

¿Por eso lo eligió? ¿O me va a decir que fue la profesión la que le eligió a usted?

Yo no sé por qué he sido actor. Adoro el oficio, pero para ser actor tienes que obedecer. Y yo no sé obedecer, soy rebelde, soy un desobediente fundamentalista. Eso ha sido un problema. Un director como Pedro (Almodóvar), que es muy de marcar el tono a los actores, conmigo no tenía nada que hacer… Yo es que siempre he hecho lo que me ha dado la gana.

La ley del deseo es también une película muy importante.

Sí. (Silencio. Da un trago a su café. Espera otra pregunta).

No voy a conseguir que me diga tres o cuatro películas de verdad importantes para usted, eh…

No, no es eso…Es que no me detengo en esas cosas. No sé cuáles son más importantes o mejores… En cuál he estado mejor o peor. Jamás reviso mis películas…

¿No? ¿Si enciende la tele y están poniendo Martín (Hache) no se queda a verla?

No, no, no, ni loco, ni harto de vino. Hay mucha gente que se enfada conmigo por esta razón. Las veo porque me obligan un poco cuando se estrena y me quedo en el cine como un poco pasmarote. No me gusta observarme, que no verme. Yo soy muy narcisista como todo buen actor. El narcisismo es necesario para actuar, pero eso de detenerme a observar mi trabajo una vez hecho… es que no lo puedo soportar. No me gusta ser tan consciente de mi trabajo, pre ero cierta imperfección y si analizo lo que hecho siento que soy menos libre. Lo hice, lo trabajé, lo gocé y a otra cosa.

¿No le inquieta el resultado final?

No me inquieta nada. Intenté hacerlo lo mejor posible en el durante. Luego ya me deja de interesar. No creo que sea bueno para mí observarme con tanta atención.

Le oigo hablar más como un hombre del teatro, centrado en el instante de la representación del hoy y el ahora…

En el cine puedes ser igual de libre. Si hay que repetir cuatro o cinco ve- ces una toma la hago distinta cada vez y vuelvo loco al director. A veces me dicen “Sé tú mismo” y yo digo “Vale, ¿pero cuál?” Porque uno puede ser siempre distinto y desde ahí es desde donde trabajo. A mí no me interesa vivir otras vidas. Me interesa pensar qué haría yo en esa situación…

¿Esa no es la esencia del método?

Sí, puede ser. ¿Ah, sí? No sé.

Hábleme de su relación con el teatro.

El teatro… Muchos de los papeles, muchísimos, que he hecho en teatro han sido de estar dos horas hablando solo en un escenario. Que si Macbeth, que si Edipo… Y acabo un poco… pfff… Tengo un cierto conflicto con el teatro… Me encanta, pero cuando no lo hago y pienso que tengo que volver me da pereza. Además, soy un actor de teatro un tanto atípico porque no puedo proyectar la voz muy alta, tengo la sensación de que estoy a gritos y eso no va para nada con mi temperamento… Pero todo el previo –la preparación, conocer al personaje, esos nervios de los segundos antes de salir al escenario– me gusta mucho. No eres más actor de teatro que de cine. El trabajo es el mismo. Se trata de hacer algo verosímil.

Eusebio Poncela vuelve con fuerza

Hace minutos que el cuestionario preparado descansa bajo una taza de café. Escucha, charla, reflexiona, va y viene, piensa en voz alta y pregunta él, o se pregunta a sí mismo. Es como si algunas cosas que pasan por su mente no se las hubiera planteado jamás. O sí. O siempre estuvieron ahí. Es fascinante. Uno le mira y piensa que van a salir de su boca frases de su maravilloso Dante de Martín (Hache) tales como “Son muy pocos los que respetan el o cio que han elegido” o “Siempre hay que seguir, aunque solo sea por curiosidad”… Pero las corrige y las mejora. En el caso de Eusebio Poncela la realidad, sí, sin duda, supera la ficción.

Pero en televisión los personajes tienen un desarrollo dramático más largo y pueden permitirle, como actor, acceder a más registros, tener más tiempo para poder estudiarlos y hacerlos crecer.

Hay series fantásticas ahora mismo en las que me encuentro personajes con momentos espléndidos a lo largo de diferentes episodios. Pero al haber tantos, el problema es que a veces el impacto se diluye. Como espectador lo agradeces, te mantiene en vilo. Pero en la hora y media de una película, los momentos en que un actor o una actora hacen ¡pam! se te quedan en la retina. ¿Usted me entiende? Las series están cambiando la fisonomía de la imagen. Será interesante ver qué hace el cine de la hora y media cuando sepa leer la importancia del espectro que abarcan las series, que muchas de ellas son muy atrevidas.

Uno de sus personajes más atrevidos es su etarra en Operación ogro. En ella decía: “Qué fácil es corromper a la gente. Basta un poco de bienestar para corromper las conciencias”…

¿Yo decía eso? (Se ríe, intenta recordar). No la he vuelto a ver. No me acuerdo.

Bueno hábleme de Pontecorvo…

Pontecorvo era… (Risas). Mire, de Ángela Molina sí que podría haber sido amigo. Es un ángel… Porque es una divina que está loca del bonete. En la primera escena que rodamos de Operación ogro estábamos tumbados en una cama y de pronto llega Ponte- corvo y nos dice “Bueno, ¿qué?”. En plan vamos a hacer algo de una vez, y nosotros estábamos cazando moscas, hablando de nuestras cosas, no teníamos ni idea de qué hacíamos allí. Pontecorvo era un maestro, nos supo llevar a todos por una historia que solo él tenía clara.

Es que ha trabajado con cada artistazo…

Los he buscado un poco. No es que todo sea casualidad.

¿O sea que sí que ha cogido el teléfono y ha llamado a fulano y mengano?

No, no, no. Yo soy diva. Muy diva. Yo no hago esas cosas. Me llaman a mí.

¿Y qué ha rechazado?

De todo. Directores, papeles que no me interesaban, cosas estupendas que no podía hacer por falta de tiempo o por falta de ganas. He sido muy estrellona, sabe usted… Un underground si quiere, así como extraño, pero siempre respetando un poco lo que yo tenía pensado para mí.

¿No ha trabajado nunca “porque sí”?

Ni he trabajado ni trabajaré. Ni si- quiera en los peores momentos económicos, que los he tenido.

Hábleme un poco de esas otras facetas de su vida artística. De cómo es y por qué escribe, de por qué pinta… ¿Es un modo de exorcizar…?

¡Exorcizar las pelotas! No, no, no… Todos tenemos unas áreas que hemos sabido desarrollar más o menos. Yo siempre he sabido pintar divinamente, pero desde los tres años quería ser actor, aunque no tenía ni idea de que lo que significaba, pero yo que- ría serlo. Pero también me iba con mi prima Amparito a pintar… Y cuando empecé a escribir, un poco más tarde, y mi profesora de literatura, Josefina García Aráez, –Lanza un beso al cielo– me decía que escribía muy bien… me sentía iluminado. Supongo que empecé siendo artista o lo fui después… Y luego empecé en el cine y más tarde me llegaron los avatares de la vida complicadísima que he tenido y pintaba menos, pero adoraba rodearme de pintores y escritores, de músicos, de chefs…

¿Entonces ha sido amigo de toda clase de artistas menos de actores? Mmmm…

No se ponga usted tan así… Porque no sé por qué es. Los adoro, son como un polvo rápido, estupendo, sin compromiso. Y luego les olvido. (Se ríe). Por favor póngalo así que me encanta. Es una definición fabulosa.

Especifíqueme un poco más sobre su trabajos como escritor y pintor…

Pues a ver, tras esos momentos tremendos de mi vida en que pasó el tifón Florita llegó un momento de reflexión. Hacía mis series, mis trabajos y empecé a escribir las obras de Todo por dinero y resulta que me salían muy bien. Luego hice un remake de ¿Qué fue de Baby Jane? que se llama Las estrellas nunca mueren porque la Warner no nos dejó que dos hombres hicieran de hermanas, la reescribí en un mes y la hicimos en teatro con mucho éxito. Y tengo ahora otra que se llama Verano indio y que quiero estrenar próximamente. En cuanto a la pintura… ahí soy bueno de verdad… (Se detiene un momento). Yo hago constructivismo minimalista… Hice una exposición en Buenos Aires hace cuatro años, pero como hacía mucho que no pintaba aquello no tiene nada que ver con lo que hago ahora, que quiero exponer en Madrid. Entonces al estar más centrado y con menos tormentos vitales me da tiempo a abarcar más cosas. Quiero actuar, quiero pintar, quiero escribir, quiero viajar…

¿Pero esa inquietud por llevar sus textos al teatro y sus pinturas a una galería nacen también de un deseo íntimo de satisfacción propia?

Absolutamente. Además, soy bastante malvado conmigo mismo. Busco la excelencia. Sino es excelente para mí, lo seguiré haciendo hasta lograrlo. Aunque luego para el mundo sea un horror. No podría trabajar de otra manera. Y, por otro lado, pienso que un artista tiene que estar en constante evolución, en permanente revisión de uno mismo, tomándose el pulso. Y no… para eso yo no necesito ver en mis películas. (Se ríe).

Habla siempre del pasado como algo muy lejano.

Lo que he hecho está conmigo, en mi memoria. El pasado está aquí, es parte de mí. (Se señala a sí mismo). Pero está difuso. Es mejor ser ahora. Es mejor ser ahora. (Repite, despacio). Siempre es mejor ser ahora.

¿Y ahora cómo está?

Bien, tranquilo, trabajando, alejado un poco de todo, pero también muy encima de los temas que me importan. Mire, yo he tenido que huir varias veces de mi vida por diferentes razones y una de las mejores decisiones que tomé fue haber dejado Madrid e irme a vivir a El Escorial.

¿Necesita aislarse?

Sí, no sé. He sido el espectador y el lector más informado del mundo, muy pendiente de todo. Pero eso se ha ido diluyendo con el tiempo. ¿Para aislarme? No sabría decirle. Ahora, como hemos dejado de ver la tele, selecciono mis noticias, mis series de Netflix o de HBO, o de la filmoteca maravillosa de mi casa… Y me hago mi propio día con Fellini, o con Hitchcock, o con Ozu… Pinto con las ventanas abiertas, escuchando los pajaritos y viendo todo Madrid al fon- do, es fabuloso…

¿Morirá con las botas puestas?

No. Esa es Nuria Espert y gente así. No es lo mío. A mí me gusta mucho la privacidad. Las botas serán unas zapatillas de Dinamarca y me sacarán con ellas puestas con los pies por delante. Pero en privado.

Pou nos dijo cuando le entrevistamos hace unos meses que le gustaría retirarse, pero que no le dejan…

Pou es formidable. Empecé con él en el teatro haciendo Los fantásticos que es una comedia musical que fue un exitazo en Estados Unidos y que aquí no vio nadie. Lo hicimos con una cantante costarricense, Elsa Baeza, maravillosa y nos dirigió Paco Nieva, que nos vestía y nos hacía los decorados. Éramos como unos bebés en sus manos. Yo creo que no eran ni los 70 todavía. Lo hicimos en el Reina Victoria. Estuvimos 15 días y nunca nos pagaron. No teníamos ni para comprarnos un sándwich en la cafetería Hontanares que estaba al lado.

Esas curas de humildad que da el teatro le hacen adquirir cierta fortaleza de espíritu, ¿no?

Te hacen adquirir fuerza de la otra. Tampoco tengo claro que la humildad sirva para algo. De cinco a siete está muy bien pero luego no me seas humilde. Odio la hipocresía. Le sencillez y la honestidad están muy bien, pero la humildad… ¿Qué hace?

Quizá tendemos a pensar que del fracaso hay que sacar siempre ciertos aprendizajes…

Mire yo he tenido tantos fracasos que a veces no sé por qué sigo aquí. Cosas que a mí me han encantado a mucha gente le han horrorizado y en el teatro, por ejemplo, he hecho auténticos espantos que fueron un éxito total… Y he hecho algunas cosas que si me tomaba en serio me metían en un psiquiátrico porque eran una mierda absoluta… Perdóneme, soy bruto, soy vallecano, pero usted me entiende, ¿no?

Esa sinceridad es de agradecer. Se lo seguro.

Es que… ¡no sé fingir! ¿Cómo es que soy actor si no sé obedecer y no sé fingir? No sé. Supongo que por eso soy raro…

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