Siempre ha sido tarde para Amy Adams

Siempre ha sido tarde para Amy Adams

Cristina Romero

Amy Adams cultiva éxito con cada guión de la pantalla, pero pasa de puntillas por las arenas movedizas de la fama de Hollywood.

Que Amy Adams perdone a Hollywood por no haber acunado lo suficiente a la actriz en los brazos de su gloria y que los más fieles seguidores de la artista me perdonen a mí por no encontrar evolución en ella. O bien no quiere o bien no la quieren, pero la italiana más norteamericana de la industria parece no ser acertada por la cerilla de la popularidad.

Hasta descubrir su nacionalidad resulta sorprendente, y es que desde que Vicenza la viera nacer, hace hoy 43 años, poco más se ha sabido de ella. A excepción, claro, de su profesión, su historial cinematográfico y algún rezagado dato personal. Amy Adams ha desfilado, y sigue desfilando, de puntillas por el escenario de focos, portadas y titulares que deja Hollywood a su paso. Como una desertora que se ve llamada a la guerra sin haberse alistado previamente en ningún ejército, intenta siempre zafarse de cualquier acontecimiento público que sea para algo ajeno a un set de rodaje.

Su nombre está vivo y presente en las carteleras más asiduas, pero hasta ahí. Ella sólo quiere ser actriz. Poco o nada le llama la atención el parque de atracciones que se monta alrededor de la perimetral de la industria del cine. Ha venido a actuar y de esto Hollywood ha sabido darse cuenta dejándola, casi siempre, al margen de sus eventos más notorios. Brilla en pantalla y fuera de ella, pero vive a tiempo completo en un segundo modesto plano. Por voluntad propia.

Siempre ha sido tarde para Amy Adams

Su piel de porcelana es una de las más lucidas. Su pelo caoba, uno de los más imitados. Su escote, el mejor del cine. Su elegancia, la más discreta de las alfombras rojas. Pero su fama la que más se resiste, puede que, muy seguramente, por su afán de pasar desapercibida.

Es admirable y admirada desde Amy hasta Adams, pero por todos es sabido que a una famosa hay que venerarla para que lo sea, nunca guardar admiración por ella. Y, justo en esta reflexión, radica el no estrellato de la actriz.

La fama no necesita ejemplos a seguir, necesita ídolos. Y ella no lo es. Un ejemplo de mi defensa son sus 43 agostos y este 2017, el año que parecía ser el definitivo para la actriz. Era suyo. Todo apuntaba a que así fuera. Pero su maldición sigue siendo latente: no hay interpretación que valga, que Amy nunca es carne de Oscar.

Y la razón es bien sencilla: no tiene hambre de superestrella. Y si Hollywood no huele la hambruna, no pone de comer.

Siempre ha sido tarde para Amy Adams   Siempre ha sido tarde para Amy Adams

De ella no interesa nada porque nadie sabe quién es. Ni el nombre de su marido ni la edad de su hija. Todo es un misterio y la fama no tiene cabida en la vida de una actriz que nunca ha protagonizado un titular, ni ha sido carne de campañas publicitarias más atractivas que informativas.

Por eso, que Dios me perdone si defiendo que a Amy Adams hay que entenderla como profesional y no como superestrella. Aceptar que está en los mejores repartos por su perfección en pantalla y no por su repercusión inmediata en cabeceras. Saber que sus nominaciones no van a ser sinónimo de premios, sino otra tediosa cita de gala con el escaparate de una alfombra roja.

Yo la prefiero así, virgen de fama.

Y es que, ahora que lo pienso, puede que haya titulado mal y no sea siempre tarde para Amy Adams. Puede, simplemente, que no pretenda llegar a ningún sitio.

Que no se la espere y que no quiera estar.

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