Monica Bellucci, la única humana en ganar la batalla al paso del tiempo

Monica Bellucci, la única humana en ganar la batalla al paso del tiempo

Cristina Romero

Cualquier ser humano que se enfrente al paso del tiempo tiene el jaque mate asegurado. Cualquiera menos ella, la única humana que tiene el reloj a su servicio por voluntad propia del tic-tac –ella jamás exigiría semejante sumisión-. No, nunca lo haría, porque si algo tiene Monica Bellucci es humildad (y 53 años recién cumplidos).

Su presencia intimidante nunca llega sola. Sí acompañada de una pisada firme con el vuelo de la falda acariciando el comienzo de sus rodillas, de una mirada penetrante con invitación a tiempo completo en sus ojos marrones, de un movimiento de cadera onírico y de unos carnosos labios convertidos en hogar de una dulce voz. Y tantas cosas más que puedan atribuírsele a la diva, el mayor calificativo que lleva escuchando desde que dejó de ser Monica Anna Maria Bellucci para ser, simple y sobradamente, Monica Bellucci. Una atribución que, tras tantos años siguiéndola de cerca, podemos decir que la diva no tiene nada de diva. Al revés, su humanidad es el rasgo más característico una vez se apagan las cámaras y el mito vuelve a vestir en tejanos.

Que es como pasa la mayor parte del tiempo la bella Bellucci. La única humana que es capaz de tener al enemigo más temido a sus pies, por voluntad propia y por admiración devota. Es el paso del tiempo el que termina sucumbiendo a los encantos de la italiana y no de otra manera. Sólo ella puede retar a los años y ser la que gane el duelo, diciéndole con la voz clara y el tono firme que sólo ella –y no un leve tic tac- decide cuándo comenzar a pagar las consecuencias de ir cumpliendo años.

Monica Bellucci, la única humana en ganar la batalla al paso del tiempo

Y por ahora no va a suceder. Monica Bellucci despierta hoy celebrando la vida de sus 53 estupendos años. Y, aunque en más de una ocasión se ha manifestado a favor de la mujer en su edad más avanzada y a no tener que esconder su madurez física, por ahora está bendecida con la varita de la juventud. No aparenta los años que hoy tiene pero sí quiere hacerlo. Sólo así se sentiría más cerca de la última causa que defiende por convicción: la mujer en todas sus facetas, su independencia, libertad y valía para todo lo que se proponga en la vida.

Bellucci también es lucha, como la que enfrenta cada vez que es juzgada por su físico, tan despampanante como en sus comienzos en la industria del cine. Monica Anna Maria no es eso. No es cuerpo, tampoco seducción. Mucho menos fama.

Bellucci es la mejor voz que tienen las mujeres para demostrar que el cuerpo no hace a la persona y que, por supuesto, tampoco influye en el éxito profesional, o no debería. Tener unas medidas de escándalo y hacer añicos el pulso de quien pasa por su lado no han sido las razones de su valía en la pantalla: una severa disciplina para con sus responsabilidades y una habilidad soberbia para enfrentar cualquier papel, por duro que sea, sí tienen la culpa de estar hoy hablando de ella.

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Y qué mejor evidencia que el Premio Donostia recibido en el Festival de San Sebastián, de las manos de su compañero de profesión John Malkovich, esta semana. Una mención de honor a la que se presentó vestida con su mejor arma, la elegancia. La misma que destila en sus interpretaciones y la que se necesita para aprender lenguas primitivas si así lo requiere el guión o ser víctima de una violación ficticia en pantalla, en plano completo, si tu director te lo pide.

Así que también es profesionalidad. Por la que no quiere ser admirada u ovacionada, pero sí reconocida. Algo que pide para el sexo femenino en cualquier trabajo, desafortunadamente tan en desventaja todavía frente al masculino, al que sí se le tiene en buena consideración y estima.

No quiere seguir siendo la encargada de poner nombre a la seducción y al exotismo mediterráneo –o ya le da igual-, pero puede que pasen los años y siga siendo la mujer más envidada por todas y la más deseada

Monica Bellucci seguirá derribándonos el mito demostrando que no encabeza ningún canon de belleza y que ser ella es tan fácil como saberla humana.

Pero nunca diva.

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