Andy Warhol: 89 años del creador del sueño americano

Andy Warhol: 89 años del creador del sueño americano

Cristina Romero

Todo los genios están locos. Él no fue menos. Así lo demostró durante su corto periodo de vida entre los mortales. Y digo mortales porque, si algo me ha quedado claro después de seguir minuciosamente toda su obra y gracia desde hace años, es que él no lo fue. Aunque nos abandonara un 22 de febrero de 1987, la fecha que no debemos olvidar es la de un 6 de agosto de 1928. Ese día nació un precursor, vivo todavía dentro y fuera del arte, y, con él, el verdadero significado del sueño americano.

89 años tendría ahora el que fuera autor del postmodernismo, título que le merece haber sido el creador del Pop Art y revolucionario de la manera de hacer arte, siempre clásica y poco visionaria hasta la fecha. 89 años tendría ahora el simpatizante mejor considerado de la noche americana, de la emancipada madrugada neoyorquina y de los ambientes clandestinos exclusivos de sus calles. Pero no fue así. Se quedó en unos insuficientes 58 años por exigencias de una negligencia médica que acabó con su físico. Irónico si se tiene en cuenta que un atentado contra él a las puertas de su estudio, en 1968, y cara a cara, no consiguió tumbar al genio. En ese momento su muerte era una sentencia, pero pudo esperar. Años más tarde no, y su desaparición fue una burla del destino que hemos pagado todos. Y seguimos en ello. Pero murió como quiso, en primera plana. Creo que jamás hubiera soportado tener una muerte de segundo rango.

Sólo nos queda el recuerdo, que no es poco, y una reproducción inspiracional de su trabajo tan infinita y vertiginosa que ni la muerte ha podido con ella.

 

Andy Warhol: 89 años del creador del sueño americano   Aunque esto siempre pasa, ¿no? Que si la mente es buena, la ceniza del cuerpo no acaba con la magia. Al menos es mi reflexión cada vez que un artista nos deja. Pero no estamos aquí reunidos hoy para hablar de otros artistas, sino de él, de Andrew Warhola, el tímido humano que se escondió detrás del ego del artista. El que jamás dejó entrever su verdadera esencia, puede que fuera por razones tan primarias como que su esencia fuera la que vimos. Pero a mí me gusta pensar que Warhol fue más que materia de fiestas, ídolo de desenfrenos, caldo de cultivo de enredos y objetivo de persecuciones por, precisamente, su desaforada personalidad.

Todo le dio igual. Y eso tuvo un coste que estuvo dispuesto a pagar.

Personalmente le doy las gracias. Quién no busca en los demás esa pincelada de atrevimiento, chulería, macarranería de la que por ADN le ha tocado carecer.

Nadie con tanta soberbia volverá a vestirse de fama. Y no me disgusta del todo tener el convencimiento de que ningún otro Andy Warhol, vestido de pacotilla, va a disfrutar de los elogios que el rey del Pop Art escuchó y sintió. Fue amigos de sus amigos, por muy manido que suene, y defender al extremo sus amistades le hizo ganarse la crítica de sus enemigos. Cobardes criaturas a las que les fue más rentable lapidar al genio que unirse a él. Pero también lo entiendo, es complicado gestionar titulares con tu nombre al lado del embajador del sexo, las drogas y el fiestón.

Tan complicado como valiente, pero a la hora de la verdad ninguno lo somos. Ninguno tenemos el coraje que demostró Warhol para vivir una vida en primera persona. Para vivir. Sólo alguien como él, un abordador de ideas importantes pero tratadas frívolamente, dentro y fuera de su estudio de arte, pudo soportar el aliento gélido de la muerte en su nuca y vivir como si la ignorancia fuera su mejor venganza. Su estilo de vida hizo que la muerte le sonriera a diario, pero él supo devolver mejor la sonrisa.

No necesitó dioses, pero los quiso; así que su rutina diaria de ir a misa fue uno de los aspectos más desconocidos del personaje. Engreído por naturaleza pero tocado por la varita de la humildad cuando se ponía ante él una situación desfavorecedora para cualquier humano, por lo que lo mismo se subía a los altares para adorarse y controlar la fiesta, que se bajaba al mundo real para colaborar con causas sociales y dar de comer a todos los niños que estuvieran en situación de pobreza.

Por todo esto, 89 años después de su primer llanto su recuerdo sigue vivo y se complementa tan bien con mis lágrimas: las suyas del 28 por entrar en un mundo que no le supo entender hasta su marcha; las mías, por no haberle conocido.

Estoy aforada a tiempo completo a la mente independiente de Warhol, a sus películas, las que creó y protagonizó, a sus obras de teatro, a sus fotografías, las que hizo y le hicieron, sus cuadros, sus colores tan inapropiados para la época que le tocó malvivir, a sus delitos, a su escaso pelo rubio, a su nariz, a su físico mal operado, a sus compañías, a su desvergonzada personalidad, a sus latas de tomate, sus caras de Marilyn, a su difícil concepto de simetría, a su estudio The Factory, a su abono diario a Studio 54 y, sobre todo, a su frase más defendida:

“Todo ser humano tendría que tener derecho a 15 minutos de fama”.

 

Andy Warhol: 89 años del creador del sueño americano   Andy Warhol: 89 años del creador del sueño americano   Y fama es lo que fue. No es que se la ganara, es que la tuvo a su nombre.

No quiero pensar en Warhol y visualizar una cáscara de plátano. Por una vez no me interesa el arte ni todo lo que hizo por modernizarlo creando una vertiente mucho más desenfadada como el Pop Art. Por una vez quiero darme la licencia de hablar del sueño americano que tan bien representó, el que empieza a las nueve de la mañana de un día cualquiera con un éxito rotundo a nivel laboral, como sus obras, y empalma con un desfalco de conciencia convertido en escándalo de primera hora del día en cualquier cabecera de moda de la ciudad.

No dejó un bonito cadáver, pero sí vivió rápido y murió joven. Y está claro que su fama no fue de 15 minutos.

La fama, para cualquiera que hable con la verdad inconfesable en la mano, es ser Andy Warhol.

Y, por eso, no triunfaremos jamás.

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